Ya no solo es menos importaciones: ahora también es más exportaciones

En octubre de 2019, el superávit comercial de bienes alcanzó USD 1.750 millones, lo que representa un máximo absoluto desde abril de 2012 cuando la tonelada de soja rondaba USD 500 y el resultado positivo acumuló casi USD 2.000 millones. Asimismo, marca un récord para el superávit de un décimo mes del año y multiplica por ocho al saldo positivo registrado en octubre de 2018.

Otro dato positivo es que la mejora obedeció a un salto de las exportaciones (+9% i.a.) y no solo a un deterioro de las importaciones, que cayeron 19% en la comparación interanual. En ambos casos, la contracción de la demanda interna -que genera saldos exportables- y la mejora del tipo de cambio explicaron la dinámica.

El avance de los envíos externos respondió al despegue de las cantidades (+13% i.a.), ya que los precios siguieron cayendo en octubre (-3,5% i.a.) producto del enfriamiento de la economía global y la guerra comercial entre Estados Unidos y China que no da tregua a las expectativas de precios futuros. Desagregando a las ventas al resto del mundo sobresale la evolución contrapuesta entre los productos agropecuarios y el resto de la canasta exportadora. Por caso, a un salto de 46% i.a. de los productos primarios y de 10% i.a. en las manufacturas de origen agropecuario le siguieron una caída de 10% i.a. en las manufacturas de origen industrial y de 8,5% i.a. en las ventas de combustibles y lubricantes.

Por el lado importador, la caída fue más homogénea: los vehículos livianos se desplomaron 53% i.a., los bienes de consumo 22% i.a., los bienes intermedios 22% i.a. y los bienes de capital 12% i.a. Esto refleja que el ajuste en los productos finales es mayor que en los bienes capital. Si bien la recesión está lejos de quedar atrás, da un indicio acerca de cuáles son los sectores más afectados en una caída de la actividad principalmente explicada por el deterioro del salario real.

Con estos números, la balanza comercial de bienes acumula un superávit de USD 11.200 millones a octubre. De esta manera, más que se revierte el déficit de USD 6.100 millones registrado en los primeros diez meses de 2018. En este caso, la mejora obedece principalmente al deterioro importador (-26% i.a.) ya que las exportaciones crecen “solo” 5,5% i.a. Si bien este incremento es importante, queda opacado al lado del desplome importador. Por último, con un bimestre por delante, proyectamos un superávit de USD 14.000 millones para 2019, el máximo valor en la última década.

¿Más retenciones menos producción agropecuaria?

El narcisismo de las pequeñas diferencias

En 2020, el principal desafío de la economía argentina serán los vencimientos de servicios de deuda pública relevante, especialmente aquellos nominados en moneda extranjera que alcanzan alrededor de USD 20.000 millones (5% del PBI). En un contexto de mercados de crédito cerrados –donde el nuevo gobierno podrá intentar abrirlos para refinanciar una parte de los compromisos-, el ingreso de divisas por exportaciones netas cumple un papel central.

En los primeros nueve meses de 2019, dos de cada tres dólares que ingresaron al país por ventas externas de bienes correspondieron al sector agropecuario. Dado que no habrá cambios estructurales en el corto plazo, y que los intentos por diversificar las exportaciones no han arrojado grandes frutos, este número será similar el año próximo.

Analizando los envíos al exterior de productos primarios y manufacturas de origen agropecuario, alrededor de un 40% corresponden a soja y maíz. Si bien estos productos suelen cosecharse y exportarse en el segundo y tercer trimestre de cada año y que, dadas las nuevas regulaciones cambiarias, se liquidan en ese mismo periodo, su proceso de siembra va de agosto a diciembre. En 2019, este período abarca desde las elecciones primarias hasta la asunción del próximo presidente. En consecuencia, se da en un período de elevada incertidumbre para el productor.

La falta de precisiones tuvo un impacto negativo sobre las perspectivas de intención de siembra del maíz: la Bolsa de Comercio de Buenos Aires (BCBA) redujo casi 3,4 p.p. del proyectado a comienzo de año, pasando de 6,4 millones de hectáreas a 6,2 millones. Por su parte, a contramano de lo que se podría prever, las proyecciones de intención de siembra de la soja aumentaron en 200 mil hectáreas (+1,1%). Ahora bien, si la incertidumbre político-económica era similar para ambos cultivos, ¿qué produjo la dinámica contrapuesta?

No nos une el amor sino el espanto (será por eso que te quiero tanto)

Enfocándonos en la primera pregunta, la principal explicación está vinculada a las retenciones a las exportaciones. Mientras que los aforos que pesan sobre la oleaginosa son los mayores de toda la canasta exportadora (18% por tonelada exportada además de 4 ARS por dólar facturado al exterior), los que lo hacen sobre el cereal no se diferencian del resto de los bienes y servicios (4 ARS por dólar exportado en productos primarios y servicios y 3 ARS por dólar para bienes industriales). Por lo tanto, el terreno para endurecer la presión tributaria, algo que posiblemente sucederá en un contexto de importantes exigencias fiscales, es mayor en el segundo caso que en el primero.

Por otra parte, partiendo del esquema de retenciones vigente hasta 2015, es probable que se imponga un sistema de gravámenes diferenciales, en donde a mayor valor agregado, la carga impositiva se relaje. En este sentido, sobresale que un 60% de las exportaciones de maíz corresponden al grano en bruto, mientras que en el caso de la soja las ventas externas del poroto representan sólo el 10%del total. En consecuencia, también por esta vía es posible que la pérdida de rentabilidad del complejo maicero sea mayor.

A ello se suma que el cereal es parte esencial de la canasta básica argentina, algo que no pasa con la soja. Producto de las especulaciones en torno a la sanción de una ley de “emergencia alimenticia” u otras políticas que intenten abaratar el precio interno de los alimentos, las chances de la aplicación de derechos de exportación al maíz se incrementan. Más allá de la efectividad concreta de la medida, la misma aspiraría a garantizar precios internos bajos reforzando la oferta en el mercado local de alimentos.

En otro orden, el congelamiento de combustibles afectó a uno de los derivados del maíz (bioetanol), a la par que no hizo lo propio con la soja: el biodiesel solo se exporta, de modo que el tope a los precios internos no redujo sus márgenes de ganancia. En el mismo sentido, el peso de los insumos dolarizados es mayor en el caso del maíz que en el de la soja (62% vs 59%, respectivamente, según Fundación Agropecuaria para el Desarrollo Argentino), por tener el primero una mayor incidencia de semillas y fertilizantes en la estructura de costos. Dado que los productores no están esperando que la reciente depreciación del peso se revierta en el corto plazo, algo que considerando las necesidades financieras de nuestro país parece lógico, la rentabilidad de la oleaginosa aumentaría más con un nuevo salto cambiario que la del cereal.

Sin embargo, no todo se explica por factores internos: también hay causas externas. A pesar de que la guerra comercial entre Estados Unidos y China golpeó a todos los precios internacionales, las estimaciones de cosecha del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) para la oleaginosa y el cereal en el hemisferio norte hicieron que la relación de precios futuros se tornara a favor de la soja. Una menor oferta de la oleaginosa y una mayor oferta para el maíz generó un nuevo incentivo para la siembra de soja en el hemisferio sur. Por lo tanto, no solo los aspectos domésticos volcaron al sector agropecuario hacia la soja, sino que también los factores globales ayudaron.

De esta forma, el mix soja-maíz para la campaña en curso es distinto al esperado a principio de año. No obstante, las diferencias no son significativas como para que dicho movimiento tenga impactos importantes en el nivel de exportaciones y/o el nivel de actividad en el 2020.

 

 

Tensión entre Fernández y Bolsonaro: la ruptura sería inconveniente para ambos países, pero sobre todo para Argentina

La relación entre Alberto Fernández y Jair Bolsonaro no empezó de la mejor manera: durante la campaña el flamante presidente electo pidió por la liberación de Lula Da Silva y el presidente brasileño se lamentó por su victoria. Más aún, el hijo de Bolsonaro agredió por las redes sociales al de Fernández y Celso Amorim, antiguo canciller de Lula, estuvo presente en el búnker del Frente de Todos en el triunfo del domingo 27 de octubre. Hasta ahora dichos intercambios son discursivos pero: ¿cuánto de esto se concretará y qué riesgos tendrían para la relación entre ambos países?

Conviene empezar por la segunda pregunta. Brasil es principal socio comercial de la Argentina: en los últimos doce meses, un 12% de las exportaciones locales de bienes se colocaron en dicho país (USD 7.500 millones) y un 20% de las importaciones (USD 10.500 millones) provinieron del vecino.

La importancia en el intercambio de manufacturas de origen industrial (bienes con mayor valor agregado) es aún mayor: el gigante del Mercosur captó 28% los envíos del país al exterior de este rubro (USD 4.300 millones) y se importó desde Brasil 23% de las compras externas industriales (USD 9.000 millones). Cuando se profundiza sobre qué sectores son los más involucrados en el comercio bilateral fabril resaltan el automotor, el autopartista, el químico y el de caucho y plástico. Dado que estas ramas ya están muy golpeadas (despidos de personal y suspensiones), achicar este mercado agravaría la crisis en la que ya se encuentran inmersas.

En los últimos doce meses, un 12% de las exportaciones locales de bienes se colocaron en dicho país (USD 7.500 millones) y un 20% de las importaciones (USD 10.500 millones) provinieron del vecino.

Pero el intercambio de bienes no es la única vía por la cual Argentina se beneficia de su relación con Brasil: los turistas de ese origen representan casi un tercio de los que ingresan al país por vía aérea y crecieron más de 25% interanual en el último año. Considerando que se vienen las vacaciones de verano, sumado al abaratamiento de nuestro país en dólares, resentir este ingreso representa un riesgo significativo.

A partir de la crisis argentina de 2018, el intercambio con el principal socio comercial comenzó a balancearse producto de la recesión local y la fuerte depreciación del peso en un contexto en el que el real se fortaleció levemente. Asimismo, mientras que no hay perspectivas de expansión de la demanda interna local, se espera que finalmente la economía brasileña comience a crecer a mayor ritmo en 2020, tras dos años de caídas cercanas al 3% en 2015 y 2016 y crecimientos anémicos en 2017, 2018 y 2019.

Además, las necesidades de repagar deuda en moneda extranjera en un contexto de mercados de crédito cerrados obligan a conseguir divisas a través de las exportaciones netas. Por lo tanto, perder un mercado como Brasil por factores extra económicos sería muy nocivo para la frágil economía local.

En síntesis, justo cuando el país más necesita la demanda de su principal vecino, y la competitividad cambiaria es más favorable para la argentina, la relación tiene a resentirse. Estos dos puntos reflejan que Brasil está en mejores condiciones para negociar un “divorcio”, pues una ruptura en las relaciones comerciales impacta en mayor medida a nivel local.

Mientras que no hay perspectivas de expansión de la demanda interna local, se espera que finalmente la economía brasileña comience a crecer a mayor ritmo en 2020, tras dos años de caídas cercanas al 3% en 2015 y 2016 y crecimientos anémicos en 2017, 2018 y 2019.

Respondida la segunda pregunta, se puede pasar a la primera: ¿cuánto de las declaraciones cruzadas se transformarán en represalias? La semana pasada hubo una primera señal poco alentadora: el gigante sudamericano eliminó los aranceles para la importación de 750.000 toneladas de trigo, es decir, para 12% del total exportado por Argentina y para el 11% de las importaciones de dicho producto por parte de del principal socio comercial (Argentina le manda a Brasil la mitad del trigo exportado). Si bien esta medida no impacta en un terreno sensible, ya que el país está en la frontera internacional de producción de este commodity (no tiene dificultades para competir sin aranceles) ni implica una gran cantidad de los envíos, preocupa que la escalada verbal comienza a impactar en el plano comercial.

En sentido opuesto, y para abrir una luz de esperanza, vale destacar que muchas amenazas de Bolsonaro no se materializaron, es decir que sus agresiones no pasaron del terreno discursivo. En este sentido, se podría englobar al líder brasileño con otros líderes cuyas palabras exceden los hechos. Veremos qué pasa en este caso.

Ambos países tienen mucho que perder si la relación bilateral se resiente, pero más Argentina que Brasil. Ojalá que prime la diplomacia y la racionalidad económica por sobre la falta de afinidad ideológica; de lo contrario, se sumará un nuevo dolor de cabeza a una economía con demasiados problemas por resolver en el corto plazo.

Superávit récord con Brasil

En octubre de 2019, la balanza comercial bilateral entre Brasil y Argentina arrojó el mayor superávit del año de USD 290 millones, más que revirtiendo el déficit de USD 70 millones alcanzado en igual mes del año pasado. Esta mejora obedeció al desplome de las importaciones (-32% i.a.), ya que las exportaciones, aunque estuvieron en terreno positivo, avanzaron a una menor cuantía (+4% i.a.). En otro orden, resalta el fuerte deterioro del flujo comercial, que marcó un piso para el mes desde 2005. Dada la importancia de tener un intercambio aceitado con nuestro principal socio, esta dinámica enciende algunas señales de alarma.

Por otro lado, la mejora de las exportaciones se atenúa al tener presente que las compras de Brasil al resto del mundo crecieron más de 10% i.a. Como resultado, la participación argentina en el gigante sudamericano pasó de 6,1% en octubre de 2018 a 5,7% en 2019.

En el acumulado a los primeros diez meses del año, nuestro país registra un saldo positivo de USD 665 millones –de modo que casi la mitad se explicó por el resultado del último mes-, más que contrarrestando el déficit totalizado en el acumulado enero-octubre de 2018 (USD -4.160 millones). Lamentablemente, esta recuperación obedece al desplome de las importaciones (-50% i.a.) ya que las exportaciones también retrocedieron en la comparación interanual (-4% i.a.), algo que era esperable dado el estancamiento de la economía brasileña. Considerando la tendencia del último mes y que la economía argentina no se recuperará en lo que resta del año, como así tampoco la brasileña, estimamos que el saldo comercial alcanzaría USD 950 millones en 2019, producto de importaciones que caen significativamente más que las exportaciones (-34% i.a. y -2% i.a., respectivamente).

Antes de cerrar, hay que reparar en las dudas que se generaron sobre el futuro de la relación con nuestro principal socio comercial luego de las declaraciones cruzadas entre Bolsonaro y nuestro próximo presidente, Alberto Fernández. En tiempos de vacas flacas para nuestro país es importante que los mercados externos no se cierren, En consecuencia, si el conflicto político atenúa las posibilidades de vender en Brasil podría agravar una caída de la demanda interna que, al menos hoy, no encuentra piso ni luz al final del túnel.

El frente externo da un necesario alivio

La Balanza Comercial sigue sumando meses de superávit y ya acumula trece meses consecutivos. En septiembre este ascendió a USD 1.744 millones, frente a USD 314 millones en igual mes del año anterior, superándolo en 418% i.a. Asimismo, por primera vez luego de trece meses de caída, el comercio total (exportaciones más importaciones) no cayó. El resultado del mes obedeció a importante avance de las exportaciones (+14,1%), mientras que las importaciones siguen en terreno negativo (-14,9% i.a.).

La menor reducción de las importaciones (-15% i.a. versus -27% i.a.) responde a la baja base de comparación que dejó el mes de septiembre de 2018 (-21,2% i.a.), pero cuando observamos los niveles, estamos hablando de cifras 33% inferiores al 2017 y es el valor más bajo para un noveno mes desde 2009. En este sentido, el retroceso en las importaciones no sorprende, septiembre fue un mes complejo, no solo por estar entre las PASO y las elecciones de octubre, sino que fue el primer mes de vigencia del cepo cambiario, con un tipo de cambio muy encarecido en términos de moneda local, limitando (o demorando) a las empresas argentinas el acceso a insumos importados. La reducción afectó a todos los usos económicos: combustibles y lubricantes (-33,6% i.a.), vehículos (-30,0% i.a.), bienes de capital (-18,6% i.a.), bienes de consumo (-17,4% i.a.), bienes intermedios (-9,1% i.a.) y piezas y accesorios (-4,1% i.a.).

Del lado de las exportaciones, el dinamismo de las cantidades (+22,3% i.a.) superó a la de los precios (-6,7% i.a.). Las mayores cantidades exportadas están relacionadas a las mejores condiciones internas de oferta exportadora del sector agrario en relación con el año previo (cuando fue la sequía), complementado con un dólar competitivo y una creciente demanda china (+151% i.a.). En este marco, en septiembre las exportaciones crecieron en casi todos los frentes: productos primarios (+70,2% i.a.), manufacturas de origen industrial (+5,9% i.a.) y manufacturas de origen agropecuario (+4,8% i.a.). Solamente los combustible y energía mostraron un retroceso en las ventas externas (-32,2% i.a), resultado de menores precios (-23,2% i.a.) y cantidades (-11,8% i.a.).

En este sentido, el superávit comercial de los primeros nueve meses del año ascendió a USD 9.497 millones, implicando un giro de 180 grados al comparar con el déficit de USD 6.400 millones de 2018. Lamentablemente, el principal factor explicativo hay que buscarlo en el retroceso de las importaciones (-26,2% i.a.) y no tanto en el avance de las exportaciones, que crecieron anémicamente en términos nominales (+4,9% i.a.) en consecuencia de los bajos precios internacionales, que fueron afectados por las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China y, la desaceleración económica a nivel global.

Hacia adelante, proyectamos cerrar 2019 con un superávit de balanza comercial en torno a los USD 14.000 millones. Dicho resultado será explicado por una caída de las importaciones (-22% i.a.) y un débil aumento en las exportaciones (+5% i.a.), impulsados en parte por una baja base de comparación y un tipo de cambio competitivo.

El frente externo, el único brote verde

El superávit comercial alcanzaría USD 14.000 millones en 2019

Desde mediados del año pasado se derrumbaron casi todos los indicadores económicos: el consumo interno, la inversión, el gasto público, etc. Sin embargo, hay una variable que mejoró sustancialmente, en parte por el deterioro de las demás: la balanza comercial de bienes.
A modo de ejemplo, mientras que en el primer semestre del 2018 el déficit comercial se agravó en relación a igual período de 2017 (pasó de USD -2.600 millones a USD -4.900 millones), en la segunda mitad del año pasado el rojo se convirtió en un superávit, pasando de USD -5.700 millones a USD +1.000 millones. Asimismo, esta dinámica se repitió en la primera parte de 2019 y el saldo comercial totalizó USD +5.600 millones.
Pese a estas buenas noticias, cabe destacar que la mejora respondió mayormente a un desplome de las importaciones, que roza el 30% i.a. en el acumulado a agosto (último dato disponible), y no a un avance de las exportaciones, que crecieron poco menos de 4% i.a. en los primeros ocho meses del año. En consecuencia, la recuperación del frente externo es más un subproducto de la crisis que el resultado de una mayor competitividad cambiaria o la apertura de nuevos mercados. Para que estas dos políticas arrojen resultados concretos, será necesario que las mismas sean sostenidas en el tiempo.
Volviendo a los números, dado que la recesión sigue sin encontrar su piso, la mejora del saldo comercial se mantendrá en la segunda mitad del año, y el superávit comercial de bienes rondaría USD 14.000 millones en 2019. Este resultado sería explicado por una importante caída de las importaciones (-22% i.a.), que cerrarían 2019 en la zona de USD 51.000 millones y un tibio avance de las ventas externas (+5% i.a.), que acumularían USD 65.000 millones este año, impulsadas en parte por la baja base de comparación que dejó la sequía de 2018 y los mayores saldos exportables que arroja una demanda interna deprimida.
Más allá de las falencias locales, vale destacar que la mejora del resultado comercial sería aún mayor si la economía brasileña finalmente creciera –sus proyecciones de crecimiento pasaron de 2,5% a comienzos de año a menos de 1% en la última semana- y si nuestros términos de intercambio, es decir, los precios de nuestros productos de exportación respecto de los de importación no estuvieran cayendo (-17% i.a. en el acumulado a agosto) producto de la cosecha récord que apuntaló la oferta internacional de productos oleaginosos y la guerra comercial entre Estados Unidos y China, que retacea el crecimiento del gigante asiático.

Hacia un superávit récord en 2020, ¿que el pago de la deuda se llevará?

Lamentablemente, el desempeño económico no mejoraría en 2020. A modo de ejemplo, el último Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central arrojó una caída del PBI de 1,5% i.a. Además, pese al control de cambios y la obligatoriedad de liquidar las divisas provenientes de las exportaciones en no más de cinco días hábiles, el dólar cerraría el año próximo en la zona de 90 ARS/USD según el informe. De esta manera, marcaría un avance cercano al 35% en 2020 -conforme al REM, diciembre 2019 terminaría con una divisa en la zona de 65 ARS/USD-, levemente por debajo de la inflación (+40% i.a.).
En consecuencia, el tipo de cambio real permanecería relativamente estable a lo largo del año próximo. Si consideramos los elevados pagos de deuda pública relevante (al sector privado y organismos financieros internacionales) en moneda extranjera que debe afrontar nuestro país en 2020 (USD 25.000 millones, más de 5% de PBI) y que los mercados de crédito permanecerán virtualmente cerrados, esta evolución parece lógica: el peso no se fortalecería, aun en un contexto de importantes restricciones a la demanda de moneda extranjera.
En este marco, proyectamos un superávit comercial cercano a USD 19.000 millones para el año que viene, un récord histórico medido en dólares corrientes. Un resultado positivo de esta magnitud será fundamental por dos motivos. Por un lado, por su impacto tradicional sobre los sectores transables. Por el otro, porque el sector privado aportará dólares frescos para los pagos de deuda que el sector público debe realizar. En consecuencia, si este superávit no se materializara, y no aparecen fuentes de financiamiento alternativas como por ejemplo asistencia china, los pagos de deuda del año próximo deberían reestructurarse. Aunque tampoco puede descartarse un escenario de default con un superávit de 5% del PBI, lo cierto es que sin él sería casi inevitable.

Al igual que este año, a la mejora del saldo comercial de 2020 se llegaría tanto por una caída de las importaciones (que estimamos no menor al 5% i.a.), que rondarían USD 48.000 millones, como por un avance de las exportaciones (en torno al 3,5% i.a.), que acumularía USD 67.000 millones.
Las explicaciones detrás de estas dinámicas serían similares a las de 2019: una demanda interna en rojo y un peso depreciado, que impactan negativamente en la coyuntura doméstica pero generan brotes verdes en el frente externo. Por su parte, la economía brasileña podría ayudar (sus proyecciones de crecimiento rondan el 2% i.a.), algo que no sucederá este año, pero la cosecha agropecuaria no repetirá la excelente performance de 2019 ni su base de comparación será baja por la sequía de 2018. Asimismo, por la guerra comercial entre Estados Unidos y China, más el anémico crecimiento de la economía europea, nuestros términos de intercambio no revertirían el deterioro de este año.
En resumen, en 2020 el frente externo será otra vez una estrella solitaria dentro de una economía argentina golpeada en la mayoría de sus partes. Esperemos que también aporte los dólares necesarios para enfrentar los servicios de deuda relevante y se convierta en nuestro único héroe en este lío.

Cuando el frente externo ayuda: equilibrio comercial con Brasil

En septiembre de 2019, la balanza comercial bilateral entre Argentina y Brasil volvió a permanecer prácticamente equilibrada (USD +81 millones), manteniéndose casi inalterada en relación con igual mes del año pasado (USD -17 millones).

Más allá de la similitud en el resultado, cabe destacar que sí hubo movimientos hacia el interior de las cuentas: el flujo de comercio (suma de importaciones y exportaciones) cayó más de 20% i.a. Teniendo presente este número se explica que la balanza comercial no haya empeorado pese a la contracción de casi 17% i.a. en las exportaciones, ya que las importaciones desde el país vecino se desplomaron 27% i.a.

Cabe destacar que la caída de los envíos a la primera economía del Mercosur tuvo lugar en un contexto de crecimiento de 19% i.a. del resto de las importaciones de este país, de modo que la participación argentina en dicho mercado se vio resentida, pasando de 6,6% en septiembre de 2018 a 4,7% el mes pasado. En un contexto de crisis de la demanda interna y una recesión que no encuentra la luz al final del túnel la pérdida de mercados externos es una señal de alerta. No obstante, vale destacar que parte de la contracción obedeció al freno de líneas de producción locales por motivos de la coyuntura interna que pospusieron la producción de bienes exportados, de modo que el desenlace negativo queda con un signo de pregunta. Habrá que seguir de cerca estos números en los próximos meses para ver si responden a la dinámica de un mes puntual o marcan un retroceso tendencial.

Por su parte, en el acumulado a los primeros nueve meses del año, la balanza comercial arroja un superávit de USD 375 millones para nuestro país, más que revirtiendo el déficit de USD 450 millones registrado en igual período del 2018. Al igual que para el dato mensual, la mejora obedece íntegramente al deterioro de las importaciones (-40% i.a.) ya que las exportaciones también cayeron en la comparación interanual (-5% i.a.). Por último, si tenemos en cuenta que el resto de las compras brasileñas retrocedió solo 1,1% i.a. en el período, las mejoras se atenúan.

Con estos números, proyectamos que el saldo comercial bilateral terminará arrojando un leve superávit para nuestro país en 2019, cercano a USD 600 millones. El mismo se explicará por un tenue avance exportador (+0,5% i.a.), producto de la mejora cambiaria post PASO y la menor demanda interna, y por un fuerte deterioro de las importaciones (-30% i.a.), consecuencia de una actividad que no logra recuperarse y un poder adquisitivo en moneda dura que no encuentra un piso. Así, pese a que se logrará un significativo ahorro de divisas respecto del año pasado –en un contexto de elevados pagos de deuda-, la alegría no será total: la mejora llegará por razones negativas (menores compras) y no por avances o aspectos positivos (mayores ventas).

Balance de pagos y FMI, ¿una crisis que podría ser peor?

En 2018, el balance de pagos de nuestro país cambió drásticamente su composición: desde que se cortó el ingreso de capitales financieros, la cuenta corriente debió achicar su rojo –ya no financiado por el resto del mundo- y los capitales privados cedieron terreno en la cuenta financiera a los organismos multilaterales de crédito, esencialmente el FMI.

De esta forma, se entiende que el déficit de cuenta corriente haya pasado de USD 8.500 millones en el segundo trimestre de 2018 a USD 2.600 millones en igual período de 2019. Esta baja estuvo explicada por la reversión del saldo de bienes y servicios, que pasó de un rojo de USD 4.300 millones el año pasado a un superávit de USD 2.700 millones este año. Lamentablemente, esta reversión obedeció más a un desplome de las importaciones (-28% i.a. en bienes y -21% i.a. en servicios) ya que las exportaciones avanzaron significativamente menos en el caso de los bienes (+7% i.a.) y se redujeron en el de servicios (-3% i.a.).

A contramano, el apartado rentas profundizó su rojo (+14% i.a., llegando a USD 5.300 millones), producto de una mayor salida de inversiones de cartera (+19% i.a., orillando USD 2.900 millones) a la par que el egreso neto de inversión extranjera directa se atenuó un 12% i.a., rondando USD 1.650 millones. Sin embargo, y como se desprende de la oración anterior, esto no alcanzó para evitar el mayor déficit por inversiones de cartera.

Con estos números, la cuenta corriente acumuló un déficit de casi USD 16.000 millones en los últimos cuatro trimestres (3,3% del PBI), un número sensiblemente menor a los USD 35.500 millones (5,6% del PBI) acumulados entre la segunda parte de 2017 y la primera de 2018, justo antes de que la crisis cambiaria y financiera que azota a la economía comenzara a manifestarse. En consecuencia, el stress sirvió para llevar a nuestra economía a un terreno más ajustado que, entendemos, es también más sostenible.

Por su parte, la cuenta financiera arrojó un ingreso neto de dólares a nuestro país de USD 3.300 millones por parte de no residentes, una caída mayor a 60% i.a. respecto a igual período del año pasado. De los USD 3.300 millones que ingresaron este año, alrededor de USD 10.800 millones los aportó el FMI, de modo que entre el sector privado y otros organismos financieros internacionales salieron capitales por USD 7.500 millones. Esto marca la centralidad del organismo multilateral con sede en Washington y cómo sus dólares permitieron que, ceteris paribus, la crisis cambiaria no se agravara –o materializara más rápido-.

Es importante notar esto ya que, a diferencia de las divisas del sector privado que bajo ciertas condiciones podrían ingresar constantemente –tal como muchos asumieron en 2017-, los desembolsos del FMI tienen una duración pautada. En consecuencia, si no reaparecen los capitales privados, lo que a esta altura parece más que probable, el ajuste del déficit externo continuará en los próximos trimestres, y posiblemente también años. Dicho de otro modo, el ajuste de la cuenta corriente llegó para quedarse. Ojalá lo haga por una vía de mayores ventas, de lo contrario, deberemos restringir –o cambiar- nuestro consumo.

 

El superávit comercial rondará USD 13.000 en 2019

En agosto de 2019, la balanza comercial de bienes arrojó un superávit de casi USD 1.200 millones, más que revirtiendo el déficit de USD 1.100 millones alcanzado en igual mes del año pasado. De la misma forma que en los meses precedentes, la mejora se explicó mayormente por un desplome de las importaciones (-30% i.a., ubicándose en la zona de USD 4.400 millones), mientras que las exportaciones crecieron 7,5% en la comparación interanual, cerrando el mes en USD 5.600 millones.

El fenomenal deterioro de las compras externas respondió a que a una demanda interna en rojo se le sumó, el mes pasado, un salto cambiario cercano al 35% en el mes y una disparada de la incertidumbre, que pospuso una gran cantidad de transacciones, a la espera de tiempos más certeros. Por su parte, las exportaciones continuaron acelerando su marcha de crecimiento, resultado de una cosecha gruesa récord que pondera más en esta época del año, y la baja base de comparación que dejó la sequía de 2018.

En este sentido, resalta el avance de 55% i.a. en las cantidades exportadas de productos primarios, una constante muy positiva de los últimos meses. Por su parte, el salto de las manufacturas de origen agropecuario fue algo menor (+6% i.a.), ya que el año pasado se habían importado porotos de soja para procesar en nuestro país y exportar luego. Por último, las manufacturas industriales siguen acusando recibo de una economía brasileña que no levanta cabeza y retrocedieron casi 9% i.a., golpeadas también por la incertidumbre local que paró una cantidad no menor de líneas de producción.

Por el lado importador la caída fue tan generalizada como espectacular: -60% i.a. en vehículos livianos, -33% i.a. en bienes de consumo y -32% i.a. en bienes de capital. Dado que los números se explican por sí solos, no hay mucho más que agregar en este punto: recesión, menor poder adquisitivo en dólares y mucha incertidumbre.

Con estos números, el superávit comercial acumula USD 7.700 millones en los primeros ocho meses del año, otra vez, más que revirtiendo el déficit de USD 6.800 millones arrojado en igual período del 2018. Asimismo, de la misma manera que en el mes, el avance respondió al sensible deterioro importador (-28% i.a.) acompañado por un avance exportador (+4% i.a.). Por otro lado, en agosto de 2019 se alcanzó el duodécimo mes consecutivo de una balanza comercial de bienes en terreno positivo, algo que no sucedía desde 2012 –cuando los términos de intercambio eran sustancialmente más altos, sobre todo porque el precio de la tonelada de soja rondaba los USD 500 dólares frente a los USD 330 dólares de hoy-.

Se observa entonces cómo el ajuste del sector externo, una de las principales causas de la primera corrida que sufrió la administración Macri, ya está teniendo lugar. En este sentido, proyectamos que el superávit comercial cerraría este año en la zona de los USD 13.000 millones, producto de una caída cercana al 20% i.a. en las importaciones (en el último cuatrimestre del año pasado se experimentaron las principales caídas, de modo que la baja base de comparación atenuará los desplomes en este frente) y un avance exportador en torno al 6% i.a., consecuencia de una demanda interna que generará nuevos saldos exportables y la salida de la cosecha fina, posiblemente acelerada ante el temor al endurecimiento de la política de retenciones por parte de la nueva gestión Ejecutiva.

Por menores importaciones, nuestro país logró otro superávit comercial con Brasil en agosto

En agosto, el intercambio bilateral de bienes con Brasil estuvo virtualmente en equilibrio, arrojando un leve superávit de USD 30 millones, más que revirtiendo el déficit de USD 150 millones alcanzado en igual mes del año pasado. Más allá de esta buena noticia, al desagregar los números las mejoras desaparecen: el desenlace respondió a un desplome del flujo de comercio (-36% i.a.) ya que tanto las exportaciones como las importaciones mostraron importantes caídas en la comparación interanual (-30% i.a. y -40% i.a., respectivamente).

La dinámica negativa da cuenta de que las economías de ambos países están lejos de atravesar sus mejores momentos. Sumado a la consabida crisis de nuestro país, las proyecciones de crecimiento de la economía brasileña vienen sufriendo un recorte sistemático, y ya perforaron el 1% i.a. para 2019, cuando a comienzos de año se ubicaban en la zona de 2,5%.

Más allá del deterioro generalizado de las importaciones brasileñas, vale destacar que la contracción de las ventas desde nuestro país duplicó a la del resto del mundo (-16% i.a.), lo que provocó que nuestra participación en las importaciones de dicha economía pasara de 6,3% en agosto 2018 a 5,3% en igual mes de 2019. Pese a este dato desalentador, vale remarcar que en el acumulado interanual los retrocesos son prácticamente iguales (-3,4% i.a. – 3,3% i.a.), de modo que el mal desempeño de agosto parecería responder más a la crisis interna que a una verdadera pérdida de presencia en el mercado brasileño. Esperamos entonces que el número se regularice en los próximos meses.

Con estos datos, 2019 cerraría con una balanza comercial bilateral prácticamente equilibrada e incluso con un leve superávit, menor a USD 1.000 millones. Si bien la mejora obedecerá a un desplome de las importaciones, cercano a 30% i.a., no deja de ser una buena noticia en un marco donde nuestro país necesita imperiosamente cuidar las divisas.