¿Qué ocurrió en el mercado laboral el último año?

En base a la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), el INDEC informó que la tasa de desempleo se redujo al 6,4% de la Población Económicamente Activa (PEA) durante el cuarto trimestre del año pasado. De esta forma, el desempleo aumentó +0,7 puntos en comparación con el cuarto trimestre de 2023, cuando estaba en 5,7%.

La tasa de actividad se mantuvo elevada, alcanzando el 48,8% de la población económicamente activa de los 31 aglomerados urbanos, su nivel más alto desde 2016. La participación en el mercado laboral creció 1,4% i.a. en el 2024 respecto el 2023, superando el crecimiento poblacional (aproximadamente 1%). Esto puede estar vinculado al inicio de la recuperación de la actividad a fines del año pasado, sobre todo en diciembre. También puede estar relacionado a que, dentro de los hogares, más integrantes deben incorporarse al mercado laboral para sostener los ingresos familiares.

La mejora en los distintos indicadores laborales dependerá de la trayectoria de la actividad. Si la economía continúa con la recuperación económica seguramente traccionará el nivel de empleo en todas sus modalidades y evitará que el desempleo continúe creciendo. A su vez, será relevante la heterogeneidad entre sectores en la recuperación de la actividad. Si bien esperamos que dos de los sectores más demandantes de empleo -industria y construcción- crezcan en 2025, no creemos que la expansión sea tal como para compensar la caída del 2024. No obstante, dado que el impacto de la recesión fue relativamente acotado en el mercado de trabajo, es de esperar que la recuperación posterior tampoco tenga un efecto diferencial.

 

En base a la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), el INDEC informó que la tasa de desempleo se redujo al 6,4% de la Población Económicamente Activa (PEA) durante el cuarto trimestre del año pasado. De esta forma, el desempleo aumentó +0,7 puntos en comparación con el cuarto trimestre de 2023, cuando alcanzó 5,7%.

La tasa de actividad se mantuvo elevada, alcanzando el 48,8% de la población económicamente activa de los 31 aglomerados urbanos, su nivel más alto desde 2016. La participación en el mercado laboral creció 1,4% i.a. en el 2024 respecto el 2023, superando el crecimiento poblacional (aproximadamente 1%). Esto puede estar vinculado al inicio de la recuperación de la actividad a fines del año pasado, sobre todo en diciembre. También puede estar relacionado a que, dentro de los hogares, más integrantes deben incorporarse al mercado laboral para sostener los ingresos familiares.

El nivel de empleo alcanzó el 45,7% y, en este sentido, la cantidad de ocupados creció del 0,6% i.a., impulsada por un aumento cercano al 6% i.a. en el cuentapropismo. El empleo asalariado cayó 1,5% i.a., siendo mayor la caida del emplo formal (Casi 2% i.a.), mientras que el empleo informal se redujo en -0,8% i.a.

A pesar de que el empleo creció, el aumento en la desocupación, la subocupación y la ocupación demandante elevó la presión sobre el mercado laboral. Esto da cuenta tanto de una mayor necesidad de complementar y/o mehorar los ingresos laborales y de las condiciones poco deseables que muchos trabajadores enfrentan actualmente en sus empleos. Este escenario sugiere, que la búsqueda de empleo no se ha desalentado y que una mayor actividad económica podría generar mayor demanda de empleo.

Es probable esta tendencia se mantenga mientras los salarios no superen la inflación en la medida que las personas lo deseen. En este contexto, considerando que no debemos esperar mejoras salariales reales significativas en los próximos meses, la pregunta es si este escenario será suficiente para mantener la recuperación del consumo, como ocurrió en la segunda mitad de 2024.

En conjunto, el año cerró con un mercado laboral menos afectado de lo esperado, a pesar de la prolongada recesión, el fuerte recorte del gasto público y la paralización de la obra pública. No obstante, fueron los sectores mas informales del empleo y el ajuste por precios, en lugar de cantidades, los que ayudaron a mitigar el impacto general.

A modo de resumen, durante 2024, el desempleo promedio fue de 7,2%, creciendo 1,0 p.p. respecto a 2023. Asimismo, la mayor participación en el mercado de trabajo implicó un crecimiento de 0,3% i.a. en los ocupados, impulsado por un aumento del 3,5% i.a. en el cuentapropismo. En contraste, el empleo formal se redujo un 1,5% i.a., mientras que el empleo informal cayó un 1,2% i.a.

¿Qué esperamos hacia adelante?

La mejora en los distintos indicadores laborales dependerá de la trayectoria de la actividad. Si la economía continúa con la recuperación económica seguramente traccionará el nivel de empleo en todas sus modalidades y evitará que el desempleo continúe creciendo. A su vez, será relevante la heterogeneidad entre sectores en la recuperación de la actividad. Si bien esperamos que dos de los sectores más demandantes de empleo -industria y construcción- crezcan en 2025, no creemos que la expansión sea tal como para compensar la caída del 2024. No obstante, dado que el impacto de la recesión fue relativamente acotado en el mercado de trabajo, es de esperar que la recuperación posterior tampoco tenga un efecto diferencial. 

La medición de la inflación y el impacto en el poder adquisitivo

El salario real comenzó a recuperarse después de alcanzar un piso con la aceleración inflacionaria ocurrida pos-devaluación de diciembre de 2023. De esta manera, las múltiples mediciones de salarios comenzaron a mostrar una lenta mejora durante la última parte del año anterior, que no alcanzaron para evitar que exista un deterioro en el promedio del año.

En la actualidad, la medición del IPC de INDEC tiene en cuenta a los ponderadores de la Encuesta de Gasto de los Hogares (ENGHo) realizada en 2004, lo cual subestima el peso de los servicios dentro del índice. Teniendo en cuenta que los salarios subieron 189% (dentro de los cuales los Públicos aumentaron alrededor de 300%), bastante por encima de los Bienes (apenas 96%, siendo el ancla cambiaria el principal determinante de esta dinámica), la existencia de ponderadores más elevados para los primeros deviene en un mayor crecimiento del Nivel General. De esta manera, utilizando los nuevos ponderadores, observamos que la inflación hubiese sido mayor en 2024.

Además, la magnitud de la caída del poder adquisitivo es sensible a las distintas mediciones del IPC. A mayor índice inflacionario, mayor contracción del salario real. Todo esto muestra que la recuperación en “V” de los salarios tiene matices, donde la caída del poder adquisitivo fue mayor utilizando una medición de IPC más actualizada.

Una (lenta) recuperación del salario real

El salario real comenzó a recuperarse después de alcanzar un piso con la aceleración inflacionaria ocurrida post-devaluación de diciembre de 2023. Puesto en números, la remuneración promedio de los trabajadores estables (RIPTE) alcanzó una caída máxima en marzo del año anterior (-24,1% i.a.), para luego ir moderando el descenso mes a mes y mostrar la primera variación interanual positiva en diciembre (+14,1% i.a.). De todas formas, el poder adquisitivo finalizó con una caída de -13,1% i.a. en el promedio del año. En la misma línea, el índice de salarios registrados publicado por INDEC también se movió de manera similar, con una caída en el promedio del año del -11,3% i.a. Una evolución similar se encuentra en la remuneración promedio de los trabajadores registrados (SIPA), que mostró una caída máxima de -11,6% i.a. en febrero y una posterior recuperación hasta alcanzar una cifra positiva de 14,9% i.a. en diciembre, con una contracción menor en el promedio del año (-3,9% i.a.).

¿Se subestima la caída del poder adquisitivo?

Durante el año anterior, el INDEC informó que la inflación nacional alcanzó 117,8% en 2024, con un rango que va desde 103,9% en la región Noreste a 124,7% en la región Patagonia. Esta relativa homogeneidad contrasta con la inflación calculada por el IPC CABA que publica la Dirección de Estadísticas de la Ciudad, que arrojó un avance de 136,7% en el nivel de precios a lo largo del año pasado.

¿A qué se debe esta diferencia? Se corresponde con el hecho de que el IPC CABA posee una estructura de ponderadores -el porcentaje del ingreso de los hogares se destina al consumo de las distintas posibilidades de bienes y servicios- actualizada en base a la información sobre el gasto de consumo de los hogares que surge de la Encuesta de Gastos de los Hogares 2017-2018, más contemporánea que la versión del año 2004, que es la base del IPC Nacional que elabora INDEC.

Esta actualización refleja que los hogares tienden a destinar una mayor proporción de su gasto a servicios -tanto privados como públicos- que hace 20 años. A modo de ejemplo, capítulos como “Alimentos y bebidas no alcohólicas” son menos relevantes en el agregado, además de que se reemplazan gastos en desuso (por ejemplo, el teléfono fijo) por otros más novedosos como las plataformas de series y películas.

Considerando que los Servicios subieron 189% (dentro de los cuales los Públicos aumentaron alrededor de 300%), bastante por encima de los Bienes (apenas 96%, siendo el ancla cambiaria el principal determinante de esta dinámica), la existencia de ponderadores más elevados para los primeros implica en un mayor crecimiento del Nivel General.

De estas cuestiones metodológicas se desprende que el cálculo del poder adquisitivo está influenciado por las características del índice de precios utilizado para su análisis. A fin de poder captar estas diferencias, tomando las aperturas disponibles del IPC Nacional, replicamos el cálculo del índice con las nuevas ponderaciones. Esto permite dar cuenta de un índice no solo más representativo del gasto de los hogares -por el uso de la encuesta de gastos más actualizada- sino también demostrar que no es inocua la actualización por precios relativos en los últimos años, caracterizados por una elevada inflación.

 

El ejercicio muestra que al utilizar las ponderaciones de la nueva encuesta de gasto se llega como resultado a una inflación levemente mayor del nivel general para el año 2024. Además, se observa que un año base más actual (por ejemplo 2023 respecto a 2019) se corresponde con mayor inflación. A medida que el año base se aleja del período de referencia de los ponderadores la inflación interanual es más alta, el impacto del cambio de base se hace más pequeño y el impacto de los ponderadores más grande.

Así, vemos también que la magnitud de la caída del poder adquisitivo es sensible a las distintas mediciones posibles del IPC. A mayor índice inflacionario, mayor contracción del salario real. Vale decir que la comparación es relevante con indicadores que toman el universo de una determinada población, ya que el índice de salarios que publica INDEC es solo una muestra compuesta por ponderadores viejos que no podemos actualizar.

Todo esto muestra que la recuperación en “V” de los salarios tiene matices. En primer lugar, medida de forma más apropiada, el orden de magnitud de la caída promedio en 2024 rondó -15% i.a. para la remuneración promedio de los trabajadores estables (RIPTE) y en torno al -6% i.a. para la remuneración promedio (SIPA), por encima del resultado que surge usando como deflactor el IPC Nacional.

Por otro lado, algo que se ve para ambas mediciones es que el final de la curva muestra que esta recuperación está siendo cada vez menos vigorosa, algo que esperamos continúe al menos en los primeros meses del 2025, con salarios que estarán creciendo cada vez más cerca del 2% que del 3% mensual.

Perspectivas: continuación en la recuperación, pero con moderada velocidad

La continuidad en la desinflación se retroalimenta con el hecho de que los salarios se fijen cada vez más en función de la inflación esperada y no de la pasada, dada la importante relación que hay entre la dinámica del salario real y el precio de los servicios -y bienes no transables, en general-. De todas formas, considerando que la punta de lanza del proceso de desinflación es el crawling peg al 1% mensual, esperamos que todavía sigan recuperándose en relación a los bienes.

Si bien son claros y múltiples los beneficios para la economía que trae la reducción de la nominalidad, la condición necesaria para que se de esta convergencia es que el poder adquisitivo se recupere de forma cada vez más lenta. Así, los salarios reales tenderán a crecer en tanto la productividad de los sectores y la economía lo permitan, y no a través de los aumentos habituales que buscan recuperar la nominalidad perdida.

Con una productividad que está estancada hace más de una década, al tiempo que aumenta en el resto del mundo, no deberíamos esperar un incremento del poder adquisitivo mucho más allá del 2-3% anual en el mejor de los escenarios. Además, con una porción de la economía que no es obvio que sea productiva para el resto del mundo dados estos niveles de competitividad, el resultado seguramente sería con una creciente disparidad salarial.

Si bien todo esto es deseable -poder adquisitivo acorde a las capacidades acumuladas y productividades relativas-, también implica que es poco probable que la magnitud de la mejora de los ingresos reales de la segunda mitad del 2024 se repita. No solamente esto aleja las posibilidades de una recuperación salarial a los niveles previos de la pandemia, sino que habrá que ver si la sociedad toma la lenta sensación de mejora como parte de una normalización, o como una continuidad en el sacrificio de los últimos años.

 

El salario real sigue recuperando terreno perdido (pero todavía falta)

El INDEC publicó que el salario registrado creció 2,4% en diciembre, aumentando por debajo de la inflación por primera vez desde marzo. Pese a esto, totalizó un incremento de casi 138% a lo largo del año pasado, una mejora de casi 10% en términos reales. Este aumento fue impulsado por la dinámica de los trabajadores formales del sector privado (147,5%, +13,7% real), quedando los públicos bastante más rezagados (119,3%, +0,7% real).

El salario real formal promedio de 2024 se ubicó 11,3% por debajo del nivel de 2023 (-6,1% en el caso de los privados y -20,4% en el caso de los públicos). Este es el argumento fundamental para esgrimir que, si bien es cierto que los salarios vienen recuperando, todavía falta (más aún si consideramos que los niveles de 2023 ya eran bajos).

Esperamos que para enero y febrero la dinámica de los salarios privados también se ubique en línea con la inflación esperada, en la zona del 2% mensual. Esta continuidad en el ordenamiento de expectativas, y que los salarios se fijen en función de la inflación esperada y no la pasada, favorece el proceso de desinflación dada la relación estrecha que hay entre la dinámica del salario real y el precio de los servicios.

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El INDEC publicó que el salario registrado creció 2,4% en diciembre, aumentando por debajo de la inflación por primera vez desde marzo. Pese a esto, totalizó un incremento de casi 138% a lo largo del año pasado, una mejora de casi 10% en términos reales. Este aumento fue impulsado por la dinámica de los trabajadores formales del sector privado (147,5%, +13,7% real), quedando los públicos bastante más rezagados (119,3%, +0,7% real).

Considerando que la recuperación desde el piso de marzo es del orden del 12% (y llega a 14,5% en el caso de los privados), esta perspectiva es sin dudas una de las predilectas por parte del oficialismo a la hora de argumentar que el poder adquisitivo está creciendo, lo cual es cierto. De hecho, otros indicadores salariales, como el RIPTE y los publicados por la Secretaría de Trabajo permiten llegar a conclusiones similares.

Tan cierto como esto es que, si se realiza la habitual comparación entre los promedios del año, el salario formal promedio de 2024 se ubicó 11,3% por debajo del nivel de 2023 (-6,1% en el caso de los privados y -20,4% en el caso de los públicos). Este es el argumento fundamental para esgrimir que, si bien es cierto que los salarios vienen recuperando, todavía falta (más aún si consideramos que los niveles de 2023 ya eran bajos).

¿Qué explicó la diferencia entre estos indicadores? Buena parte encuentra su explicación en que el Gobierno logró evitar una rápida recomposición salarial luego del shock nominal en diciembre del 2023. Interrumpir, al menos transitoriamente, la virtual indexación que venían teniendo los salarios fue clave para comenzar a iniciar el proceso de desinflación a inicios del año. Si bien esta dinámica luego fue ratificada en la medida que se alcanzaron resultados en materia fiscal y monetaria, el puntapié de todo el proceso fue que el sistema (el cambio de gobierno también apaciguó las demandas salariales) “se olvide” del shock inflacionario del final del 2023.

¿Qué pasa con los salarios informales? En diciembre también se publicaron los salarios de los trabajadores informales. Sin embargo, como estos surgen de la Encuesta Permanente de Hogares -y la correspondiente al cuarto trimestre de 2024 aún está bajo procesamiento-, la estimación de estos salarios tiene que ver más con el nivel de los mismos en agosto. Esta consideración metodológica sugiere que los salarios informales tienen variaciones más acordes a las de sus pares registrados y que la caída del salario real total de la economía no fue tan pronunciada como parecía en aquel momento.

¿Qué esperamos para este año?

La estabilidad nominal que se profundizó a lo largo de la segunda mitad del año ya está permitiendo que algunos sindicatos vuelvan a acordar paritarias con un horizonte temporal de dos o tres meses (como se vio en el caso de comercio, metalúrgicos, mecánicos, camioneros, gráficos, entre otros en las últimas semanas). De esta manera, siguiendo los acuerdos firmados por diversos sindicatos, esto nos permite tener algo más de seguridad a la hora de proyectar cual será la dinámica de corto plazo de los salarios privados.

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Como se observa en el gráfico, esperamos que para enero y febrero la dinámica de los salarios privados también se ubique en línea con la inflación esperada, en la zona del 2% mensual. Lógicamente, esta continuidad en el ordenamiento de expectativas, y que los salarios se fijen en función de la inflación esperada y no la pasada, favorece el proceso de desinflación dada la relación estrecha que hay entre la dinámica del salario real y el precio de los servicios -y bienes no transables, en general-.

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El lado B de esta tendencia es que, bajo estas circunstancias, no debemos esperar ninguna mejora salarial demasiado significativa en los próximos meses. ¿Será esto suficiente para que la recuperación del consumo continúe como en la segunda mitad del 2024 o entraremos en una dinámica más de “serrucho” y dependiente del crédito.

Solo en el caso de que la “temporada alta” de las paritarias sorprenda con acuerdos de mayor vigencia y que la magnitud de los mismos sea superior a la inflación, podremos ver una situación en donde la recuperación del poder adquisitivo sea palpable y sostenida antes de las elecciones. De cualquier modo, si continúa el sendero nominal que propone el Gobierno, esperamos que en 2025 el salario registrado real promedio crezca en torno a 10% i.a., prácticamente recuperando el deterioro que tuvo el año pasado.

El mercado laboral durante el primer semestre

La tasa de desempleo alcanzó 7,6% de la Población Económicamente Activa en el segundo trimestre del 2023, continuando niveles similares a los de la primera parte del año. Pese al incremento respecto al año previo, esta dinámica por el momento no luce tan preocupante teniendo en cuenta la magnitud de la recesión.

Al mismo tiempo, la participación en el mercado de trabajo se mantiene elevada, por lo que es difícil pensar en la existencia de un efecto desaliento. Al contrario, el empleo creció -un acotado 0,4% i.a.- en el primer semestre en los 31 aglomerados urbanos que releva la EPH. La construcción y la administración pública fueron las ramas de actividad que mostraron las contracciones más relevantes durante dicho período.

La principal diferencia con la dinámica vigente hasta 2023 es el incremento en la presión sobre el mercado laboral. Si observamos a los desempleados junto a los ocupados que buscan empleo, creció casi 10% la cantidad de personas que está detrás de un nuevo puesto de trabajo.

¿Qué ocurrió en el mercado de trabajo durante los primeros seis meses de gobierno?

En base a la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), el INDEC informó que la tasa de desempleo alcanzó 7,6% de la Población Económicamente Activa (PEA) durante el segundo trimestre del año. De este modo, se mantuvo en niveles similares a los del primer trimestre.

Si bien el aumento respecto a la primera mitad del año pasado es de aproximadamente 1 p.p., la dinámica no luce demasiado grave a la luz de la profunda recesión: la actividad cayó 2% desde a lo largo del primer semestre (casi 4% si contemplamos también noviembre). A modo de comparación, el desempleo había promediado casi 10% de la PEA en 2019, con un nivel de actividad casi 5% superior, teniendo en cuenta también la evolución de la población desde entonces.

Tampoco resulta pensar por el momento que esta dinámica se debe al efecto desaliento, que refleja que las personas dejen de buscar empleo ante la percepción de que será difícil conseguirlo. Al respecto, la participación en el mercado laboral creció 1,5% i.a. en la primera mitad del año, por encima del crecimiento poblacional (en torno a 1%). Como resultado, la participación se mantiene elevada -por encima del 48% de la población-, lo que implica, en estos niveles de desocupación, que el empleo sigue firme pese a la crisis.

Más en detalle, encontramos que el empleo creció un módico 0,4% i.a. en el primer semestre, traccionado por los asalariados formales (+1,6% i.a.) y el cuentapropismo (+0,5% i.a.) en todas sus modalidades. En cambio, los asalariados informales cayeron 2% i.a., evidenciando, tal como había ocurrido el año pasado, que son el grupo que más sufre y absorbe el efecto de la crisis en el mercado laboral.

Sin perjuicio de esto, durante los primeros seis meses de gobierno, las dos ramas de actividad que están siendo más afectadas son la construcción (-10,6% i.a.) y la administración pública (-7,6% i.a.). La primera, caracterizada con una alta tasa de informalidad, está contribuyendo al deterioro del trabajo no registrado, mientras que la segunda posiblemente este limitando el crecimiento del empleo formal. Ambos casos son consecuencia del importante ajuste del gasto que lleva adelante el gobierno, afectando la obra pública y los puestos de trabajo y contrataciones del Estado.

Por otro lado, pese a la mejora de los ingresos laborales desde el comienzo del año, la recuperación todavía es acotada teniendo en cuenta del deterioro previo. En este sentido, los salarios reales de la economía habrían caído casi 20% a lo largo del primer semestre. Una primera consecuencia de esto es que -especialmente en un contexto de caída de los ingresos no laborales- más gente se vuelque al mercado de trabajo para apuntalar los ingresos familiares, lo que se ve con el incremento de la participación laboral.

Con el mismo objetivo, un segundo aspecto a considerar es que quienes estén trabajando también busquen un nuevo empleo. Esta parte de la población, sumada a los desocupados, ocasionaron un incremento de la presión sobre el mercado laboral, que aumentó 9,6% i.a. durante el primer semestre, revirtiendo significativamente la tendencia de los últimos dos años.

En conjunto, esto puede explicar que el crecimiento del desempleo como una de las principales preocupaciones de la población captado en diversas encuestas de opinión pública -y favorecido por la abrupta baja de la inflación- tiene que ver no tanto con la destrucción de puestos de trabajo que está ocurriendo, sino con las consecuencias que podría tener en una familia que un miembro pierda su empleo.

¿Qué esperamos para la segunda mitad del año?

La mejora en los distintos indicadores laborales dependerá de la trayectoria de la actividad. Si la economía acelera la recuperación económica seguramente traccionará el nivel de empleo en todas sus modalidades y evitará que el desempleo continúe creciendo. No obstante, dado que el impacto de la recesión fue relativamente acotado en el mercado de trabajo, es de esperar que la recuperación posterior tampoco tenga un efecto diferencial.

Por otro lado, posiblemente la mencionada presión sobre el mercado de trabajo no ceda tanto, incluso si se percibe una mejora en los ingresos laborales. Esto se debe a que continuará el cambio en el salario relativo de algunos sectores, por lo que los trabajadores que allí se desempeñen buscarán recomponer sus ingresos en otros empleos. El caso del sector público puede ser el más paradigmático pero algunas industrias -textil, por ejemplo- también podrían verse afectadas por este cambio en la tendencia.

El empleo formal comienza a sentir los primeros fríos

La recesión económica comienza a mostrar sus impactos en el mercado laboral: se perdieron 120 mil puestos de trabajo netos entre diciembre y marzo del 2024. A su interior, los asalariados públicos y privados registraron, en conjunto, una pérdida de casi 165 mil puestos de trabajo (-96 mil y -69 mil, respectivamente). Por su parte, el cuentapropismo sumó alrededor de 40 mil empleos, lo cual modero el impacto sobre el empleo agregado.

El desplome de la actividad económica durante el primer trimestre no se tradujo en una caída sustancial del empleo asalariado del sector privado, excepto en el caso de la construcción. En parte, esto responde a que los costos asociados a los cambios en el personal desincentivan a las empresas a reaccionar rápidamente a los vaivenes económicos, recurriendo en primera instancia a medidas como suspensiones, recorte de horas y/o turnos.

No obstante, la magnitud y la extensión de la recesión es un llamado de atención, especialmente considerando que la construcción, la industria y el comercio concentran alrededor del 45% del empleo registrado del sector privado. En la medida que las ventas no se recuperen y la demanda continúe deprimida, es probable que el clima otoñal en el empleo se vuelva más frio.

Un mercado laboral formal de otoño

Recientemente, se publicó la información referida a marzo del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) que muestra la evolución del empleo formal en el paísEn marzo, cayó casi 1% en el nivel de empleo, siendo el empleo registrado (el público cayó 2,7% i.a. y el privado 1,1% i.a.) el principal factor que explicó esta contracción. 

Sin embargo, lo más relevante es analizar la dinámica de los últimos meses para echar luz sobre el impacto de la recesión actual en el trabajo formal. En este sentido, desde el último pico de actividad en agosto pasado, se perdieron casi 83 mil puestos de trabajo formales netos (-0,6%).

De todas formas, si acotamos el análisis a lo que va del año, la caída se hace algo más profunda (-0,9% desde diciembre), implicando una destrucción de más de 120 mil puestos de trabajo. A su interior, los asalariados públicos y privados registraron, en conjunto, una pérdida de casi 165 mil puestos de trabajo (-96 mil y -69 mil, respectivamente). Por su parte, el cuentapropismo registrado -principalmente monotributo-  sumó alrededor de 40 mil empleos, lo cual modero el impacto sobre el total del empleo formal.

El ajuste del sector público no solamente impactó en la planta del Estado, sino también en el sector de la construcción producto de la parálisis de la obra pública (tampoco la obra privada siguió un sendero muy diferente en el recesivo primer trimestre). En este sentido, se perdieron más de 42 mil empleos formales en este sector, representando una caída del 10%. Los otros sectores que más se vieron afectados en el comienzo del año fueron actividades empresariales (-11 mil empleos formales) y la industria (-10 mil), principalmente afectada por el freno en la actividad textil, metalmecánica, entre otras industrias ligadas a la construcción.

Por lo tanto, el desplome de la actividad económica durante el primer trimestre no se tradujo en una caída sustancial del empleo asalariado del sector privado, excepto en el caso de la construcción. En parte, esto responde a que los costos asociados a los cambios en el personal desincentivan a las empresas a reaccionar rápidamente a los vaivenes económicos, recurriendo en primera instancia a medidas como suspensiones, recorte de horas y/o turnos, por ejemplo.

No obstante, la magnitud y la extensión de la recesión es un llamado de atención, especialmente considerando que la construcción, la industria y el comercio concentran alrededor del 45% del empleo registrado del sector privado. En la medida que las ventas no se recuperen y la demanda continúe deprimida, es probable que el otoñal clima en el empleo se vuelva más frio.

¿Llegará a tiempo la recuperación de la actividad?

Excluyendo el aporte del sector primario, los indicadores adelantados de abril y mayo sugieren un pequeño rebote en la economía en el inicio del segundo trimestre. Sin embargo, la recuperación de la actividad será lenta y la pregunta es si será suficiente para sostener el nivel de empleo, o bien las empresas adecuarán sus perspectivas a un contexto macroeconómico que, además de recesivo, todavía resulta difuso.

Por el lado del gobierno, las expectativas están puestas en la aprobación de la Ley Bases que, entre otras cosas, impulsará las inversiones. No obstante, todavía no resulta claro qué tan beneficiosas serían las mismas para la industria nacional, dado que la apertura a importaciones podría desplazar del mercado a proveedores nacionales, perjudicando el nivel de empleo en el sector industrial (aunque lógicamente podría compensarse, al menos parcialmente, con un incremento en otros sectores.). Esta tendencia se refuerza con el énfasis en el superávit fiscal que sostiene el gobierno, que asegura que no habrá una expansión del gasto que pueda dinamizar sectores vinculados a la obra pública y la construcción.

De todos modos, buena parte de la demanda interna dependerá de lo que ocurra con el consumo de las familias En este sentido, la fuerte pérdida del salario real (que incluso subestima el impacto sobre el poder adquisitivo de los aumentos de las tarifas de servicios públicos) de los primeros meses del año se recuperará muy lentamente dado que la dinámica salarial se ha plegado a la tendencia de la inflación -lo que evitará que en el corto plazo se recupere del golpe de comienzos de año-. A esto se le suma el impacto que pueda tener la pérdida de empleo en los hogares, variable que seguramente es más relevante dentro del segmento informal de la economía.

De hecho, diversas encuestas de opinión pública marcan que crece sustancialmente la preocupación por el desempleo. Más allá del impacto efectivo que esto pueda tener sobre el indicador, significa que la recesión y la incertidumbre acerca del futuro que sufrieron las empresas en el primer trimestre se esté moviendo hacia las familias en las últimas semanas. En unos y otros, la imposibilidad de ver con claridad el rumbo económico puede afectar sus decisiones de inversión y consumo, con el riesgo de “boicotear” la incipiente recuperación.

Los salarios al ritmo de la inflación

Los salarios de la economía crecieron 10,3% en marzo y acumularon una suba de 45,5% en el primer trimestre. Con una inflación del 51,6% para el mismo periodo, la pérdida acumulada en términos reales se ubica en torno al 4%. Sin embargo, el índice esconde ciertas particularidades.

Incluso en el sector más beneficiado (trabajadores formales del sector privado) por los ajustes salariales prácticamente mensuales durante el verano, la rápida desaceleración de la inflación no fue suficiente para que el poder de compra se recomponga del golpe generado a finales del año pasado.

En este contexto, la fijación de salarios en función de la dinámica descendente de los precios impedirá que a lo largo del año los ingresos recompongan el poder adquisitivo perdido. Así como los shocks inflacionarios se trasladaron rápidamente a la dinámica salarial durante los últimos dos años (producto de paritarias de corta vigencia), ahora ocurre lo contrario tras la súbita desinflación de estos últimos meses.

Los salarios de la economía crecieron 10,3% en marzo y acumularon una suba de 45,5% en el primer trimestre. Con una inflación del 51,6% para el mismo periodo, la pérdida acumulada en términos reales se ubica en torno al 4%. Sin embargo, el índice esconde dos consideraciones.

En primer lugar, una cuestión técnica con los salarios de los trabajadores no registrados: este indicador se calcula utilizando la información de la Encuesta Permanente de Hogares que elabora trimestralmente el INDEC, motivo por el que es un indicador que tiene cierto rezago. Puntualmente, el dato publicado para marzo corresponde a los salarios del cierre del año pasado, por lo cual no tienen incorporado el nuevo piso nominal impuesto tras la devaluación. En este sentido, posiblemente la caída real de los salarios fue levemente menor a lo reflejado por el índice general para los tres primeros meses del año.

Entonces, al tomar únicamente la información de los trabajadores formales, observamos que durante los primeros tres meses del año los del sector privado registrado experimentaron una mejora de 50,5% (muy cerca de la inflación acumulada), mientras fue de apenas 43,2% para los del sector público.

Si bien la diferencia es considerable, no debería ser una sorpresa: las remuneraciones a los trabajadores públicos (incluso pese a ser una línea del gasto no tan significativa) fueron una de las partidas que sufrieron una “licuación” desde el cambio de mandato.

Por su parte, la segunda consideración es más analítica: quedarse con la dinámica del primer trimestre de los trabajadores formales resulta incompleto. Tan sólo con sumar diciembre, el deterioro del poder adquisitivo supera 15% (y alcanza 18% si sumamos noviembre), valores que son incluso más bajos para los trabajadores públicos (pierden más de 20% respecto a diciembre y casi 25% con relación a noviembre).

¿Qué implica esto? Incluso en el sector más beneficiado (trabajadores formales del sector privado) por los ajustes salariales prácticamente mensuales durante el verano, la rápida desaceleración de la inflación no fue suficiente para que el poder de compra se recomponga del golpe generado a finales del año pasado.

En este contexto, la fijación de salarios en función de la dinámica descendente de los precios impedirá que a lo largo del año los ingresos recompongan el poder adquisitivo perdido. Así como los shocks inflacionarios se trasladaron rápidamente a la dinámica salarial durante los últimos dos años (producto de paritarias de corta vigencia), ahora ocurre lo contrario tras la súbita desinflación de estos últimos meses. Esta dinámica se reflejada en nuestro relevamiento de paritarias del sector privado.

En este sentido, resulta difícil pensar que una lenta recuperación del salario real en los próximos meses sea un factor que colabore con una rápida recuperación de la economía. Si bien la baja en las tasas de interés podría parcialmente compensar esta situación, la escasa previsibilidad de los ingresos -a lo que además se podrían sumar problemas en el empleo- pesará más a la hora de las decisiones de gasto en los hogares.

Dentro del programa económico delineado por las autoridades, no parece obvio que al Gobierno le convenga validar una abrupta recuperación del poder adquisitivo. La marcada desaceleración de la inflación y la nominalidad en la economía se debe en buena parte a la profunda recesión. Por ende, una recuperación vía mejora del poder adquisitivo podría operar en sentido contrario.

Por el lado de la oferta, los aumentos salariales comenzarían a impulsar los costos, lo cual se sumaría a los mayores costos operativos asociados al encarecimiento de los servicios públicos. En cuanto a la demanda, la recuperación del poder de adquisitivo podría impulsar el consumo, dando un mayor espacio a las empresas para trasladar la suba de costos a los precios.

¿Ya impacta la recesión en el empleo formal?

Sector público y construcción: los más afectados

Recientemente, se publicó la información referida a enero del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) que muestra la evolución del empleo formal en el país. Si bien se observó en el primer mes del año un crecimiento del empleo del 2% i.a., su avance se explica por una suba superior al 5% i.a. del cuentapropismo. Más allá de esa particularidad, lo más relevante es analizar la dinámica de los últimos meses para echar luz sobre el impacto de la recesión en el trabajo formal.

En este sentido, desde el último pico de actividad en octubre pasado, se perdieron apenas 40 mil puestos de trabajo formales netos (-0,3%). Este número esconde algo de heterogeneidad: hay más de 50 mil trabajadores independientes (gracias al aumento observado en enero), un descenso de casi 50 mil asalariados privados, prácticamente explicado en su totalidad por la construcción, y unos 30 mil asalariados públicos menos.

Tal como se podía prever, el mayor impacto del cambio de gobierno fue en los trabajadores públicos, que cayeron 1% en enero, una magnitud que no se veía desde mediados de 2014. Junto a los asalariados privados (-0,5% en el primer mes del año) sumaron una pérdida de 66 mil puestos de trabajo. Descontando la cuarentena, estos números son de los mayores en casi 10 años, ya que en otros episodios de contracción del empleo privado, el sector público permanecía estable.

Volviendo a los asalariados privados, el principal factor que explica la caída del empleo es la construcción, sector que sufrió la pérdida de casi 42 mil puestos desde octubre pasado (la mitad de ellos en enero, una magnitud prácticamente inédita para un mes puntual, como se ve en el gráfico), producto no sólo de la parálisis en la obra pública sino también de la elevada incertidumbre y el fuerte incremento del costo de la construcción, especialmente post-devaluación.

Por su parte, si sumamos la industria, el comercio y otros servicios como la hotelería, restaurantes, transportes y comunicaciones la pérdida del empleo es de menos de 15 mil puestos en enero, evidenciando que el fuerte del costo en términos del empleo en el sector privado fue capturado por la construcción y su lógica dependencia del sector público.

¿Qué esperamos para los próximos meses?

Si bien creemos que en general el ajuste en el mercado laboral se hará por precios (salario real) en vez de cantidades (puestos de trabajo) a lo largo del primer trimestre, la contracción del empleo en el sector público y la construcción seguramente seguirá siendo importante. No tanto la profundidad de la recesión sino su duración será el factor que determine cuales son otros sectores asalariados que comienzan a tener dificultades, que podría afectar a ramas industriales puntuales -más dependientes de importaciones, obra pública o consumo interno- y servicios no esenciales como hotelería y restaurantes, sensibles a los vaivenes del poder adquisitivo.

Sin embargo, tal como anticipábamos, este deterioro será compensado en buena forma por el cuentapropismo: los trabajadores independientes crecieron casi 2% en enero. En lo que respecta al empleo informal, modalidad relevante en el contraído sector de la construcción, veremos si el ajuste a lo largo de la primera parte del año viene por cantidades (despidos) o por precios (caída del salario real). De todos modos, la recuperación del empleo asalariado no dependerá solamente de unas golondrinas sino de que efectivamente se perciba una recuperación de la actividad en el horizonte.

Luces y (más) sombras del mercado laboral

La tasa de desempleo alcanzó 5,7% de la Población Económicamente Activa en el último trimestre del 2023, continuando en los menores registros desde el reinició de la publicación en 2016. En los últimos cuatro años, la tasa de desempleo cayó significativamente.

Al mismo tiempo se observó una participación en el mercado de trabajo récord. Este fenómeno -en combinación con el descenso de la tasa de desempleo- implica que el empleo creció. Sin embargo, esto no fue necesariamente por los buenos motivos: creció significativamente la informalidad y el empleo público, modalidades que se destacaron por encima del magro avance del empleo asalariado formal.

Esperamos que la pobre situación del mercado de trabajo empeore durante 2024, especialmente en los primeros meses del año. Por este motivo, esperamos un aumento del desempleo combinado con un incremento de modalidades de empleo de baja calidad.

¿Qué ocurrió en el mercado de trabajo en el cuarto trimestre?

El INDEC informó las principales tasas del mercado de trabajo del cuarto trimestre de 2023, donde se registró un nuevo récord de participación en el mercado laboral: alcanzó 48,6% de la población. Comparando con el último trimestre del año previo, el aumento fue de 3%, bien por encima del crecimiento vegetativo (debajo de 1%).

Tal como ocurrió a lo largo del 2023, la mayor participación fue absorbida por el empleo: la cantidad de ocupados creció 3,5% i.a. Esta vez, las distintas modalidades exhibieron una expansión relativamente homogénea: los asalariados informales aumentaron 4,4% i.a., los formales 3,3% i.a. y los cuentapropistas 2,6% i.a. Como resultado, la tasa de desempleo se mantuvo en 5,7% de la Población Económicamente Activa, el menor valor desde que se reinició la publicación de la serie a mediados de 2016.

El descenso del desempleo maquilla cuatro años sin demasiados resultados

Tomando el promedio del año, la tasa de desempleo fue de 6,1%, reflejando así una caída de casi 4 p.p. respecto del promedio de 2019. Probablemente, la mejora de este indicador pueda ser el principal dato para rescatar de la gestión del Frente de Todos en lo que refiere al mercado laboral.

La crisis de que tuvo lugar en 2018-19 y afectó sustancialmente el poder adquisitivo, volcó a una masa de trabajadores al mercado laboral con el objetivo de apuntalar los alicaídos ingresos familiares. Luego de cuatro años, la participación continuó en alza (+1,8%, considerando el crecimiento de la población), demostrando que esa necesidad no desapareció y que hay una mayor permanencia en el mercado de trabajo.

Justamente, parte de esta necesidad se observa en la poca creación de empleo de calidad. El crecimiento del 6% (neto del crecimiento poblacional) de los ocupados en los cuatro años fue traccionado por una suba superior al 11% de los trabajadores informales, mientras que los ocupados del sector formal apenas subieron un 5%. Además, dentro del sector registrado el incremento se explicó mayormente por el sector público, que registró un aumento de 13,5%.

Por su parte, esta baja calidad del empleo, basado en la informalidad y la absorción del sector público, se agrava si se analizan los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Dicha información sugiere que, desde la salida de la pandemia, los programas de empleo jugaron un rol importante a la hora de suscitar la mencionada baja del desempleo: hasta el tercer trimestre del año (últimos microdatos disponibles), estimamos que la tasa de desempleo podría haber sido 2 p.p. mayor si excluimos el impacto de los programas, lo cual refleja su relevancia para sostener un bajo nivel de desocupación. Este punto abre un signo de interrogación para 2024 tras el fuerte ajuste fiscal implementado por el gobierno, donde los programas de empleo forman parte de los gastos bajo la mira de las autoridades.

¿Qué esperamos para 2024?

El impacto inicial de la devaluación y la recesión económica tendrá resultados claros sobre el mercado de trabajo. Por el lado de los puestos de trabajo, la parálisis en algunos sectores (como los ligados a la obra pública, por ejemplo) y la caída de la demanda provocará una destrucción de empleo que, por el momento, no sería generalizada. Sin embargo, habrá que esperar para ver con claridad cuál es el efecto final de las medidas del gobierno respecto al empleo público.

Por otro lado, teniendo en cuenta la aceleración de la inflación y su efecto sobre los ingresos, es de esperar que tanto los nuevos desempleados, como personas que estaban inactivas (no trabajaban ni buscaban empleo) vuelvan a insertarse en empleos de baja calidad: la situación socio-económica es lo suficientemente mala como para esperar conseguir un empleo deseable.

Por este motivo, esta nueva potencial masa de desocupados no implicaría necesariamente un sustancial incremento en el desempleo. Incluso en un escenario crítico, es de esperar que parte de la pérdida de empleo formal migre hacia puestos de trabajo informales y cuentapropistas, caracterizados por ser de menor calidad. Este cambio, si bien no es deseable, puede ser un factor que contenga el incremento del desempleo.

A modo de cierre, este abrupto deterioro del mercado de trabajo (tanto desde la óptica del empleo como de los salarios) es la otra cara de la moneda de haber evitado una espiralización nominal y, en todo caso, una condición necesaria para que el gobierno logre, más temprano que tarde, una recesión suficiente para moderar la dinámica inflacionaria.

 

Otro ciclo presidencial con pérdida del poder adquisitivo

Los salarios de la economía crecieron 8,9% mensual en diciembre. Más allá de la performance de los salarios del sector formal (9,0%) e informal (7,6%), los aumentos salariales no tuvieron comparación con la inflación de diciembre, que ascendió al 25,5%, sufriendo una caída de magnitud histórica: en diciembre los salarios sufrieron una pérdida mensual en términos reales del 13,2% en promedio (y -18,9% i.a.).

A lo largo del año la caída promedio del salario de la economía fue de -3,7% i.a, marcando el sexto año consecutivo de pérdida del poder adquisitivo. El deterioro fue común a casi todos: los salarios del sector privado registrado cayeron -2,3% i.a. en promedio, mientras que la caída llegó a -16,4% i.a. en promedio de los no registrados.

Si bien seguramente veremos sindicatos -en algunos casos importantes- que lograrán acuerdos virtualmente indexados a la inflación pasada, no esperamos que esto sea un fenómeno generalizado. El resultado será una continuidad del deterioro del poder adquisitivo a lo largo del verano, que estimamos será de superior a 10% pero que además profundizará la disparidad salarial entre distintos sectores.

¿Cómo cerraron el año los salarios de la economía?

El INDEC informó que los salarios de la economía crecieron 8,9% mensual en diciembre. Más allá de la performance de los salarios del sector formal (9,0%) e informal (7,6%), los aumentos salariales no tuvieron comparación con la inflación de diciembre, que ascendió al 25,5%, sufriendo una caída de magnitud histórica: en diciembre los salarios sufrieron una pérdida mensual en términos reales del 13,2% en promedio (y -18,9% i.a.), retrocediendo 20,5% entre agosto y diciembre. Tomando como base el dato de los salarios privados de trabajadores estables (RIPTE), cuya serie disponible es más extensa, la contracción mensual fue la más importante de la serie que se inicia en 1994, dando cuenta de un salario real que volvió a niveles de septiembre 2003.

De este modo, a lo largo del año la caída promedio del salario de la economía fue de -3,7% i.a, marcando el sexto año consecutivo de pérdida del poder adquisitivo. El deterioro fue común a casi todos: los salarios del sector privado registrado cayeron -2,3% i.a. en promedio, mientras que la caída llegó a -16,4% i.a. en promedio de los no registrados. De todas maneras, los salarios del sector público mostraron una estabilidad en el promedio de 2023 (+1,1% i.a.). Vale decir que, en el caso de los trabajadores informales, el salario publicado tiene un rezago de aproximadamente 5 meses, por lo que la caída resulta más abultada, ya que la mayor nominalidad de la economía en general no se ve plasmada en estos salarios. No obstante, hasta julio, el período comparable, la perdida era en torno a 13%, ya significativamente mayor que la de los trabajadores registrados (una estabilidad de 0,5% en aquel momento).

En suma, no se logró poner plata en el bolsillo de la gente, y tomando como referencia los cuatro años del gobierno del Frente de Todos, el salario real de la economía cayó alrededor de 11%. Si sumamos los cuatro años previos de Cambiemos, el deterioro supera 25%. No será 2024 un año en que esto se revierta.

¿Qué esperamos para 2024?

El shock nominal que significó la devaluación y que continuará con las sucesivas subas de tarifas y precios Regulados se trasladará a la dinámica salarial. Sin embargo, la fuerte recesión actuará moderando las demandas salariales. Si bien seguramente veremos sindicatos -en algunos casos importantes- que lograrán acuerdos virtualmente indexados a la inflación pasada, no esperamos que esto sea un fenómeno generalizado. El resultado será una continuidad del deterioro del poder adquisitivo a lo largo del verano, que estimamos será de superior a 10% pero que además profundizará la disparidad salarial entre distintos sectores.

Una segunda lectura de este fenómeno es que la ausencia de una pauta salarial por parte del Gobierno busca paritarias libres que favorezcan a los trabajadores de sectores más productivos, que pueden seguir pagando salarios relativamente altos. Si la recesión – y la eventual mayor competencia– no permite el traslado a precios en algún sector en particular, la remuneración de dicho sector será menor y se convertirá en una señal para que los trabajadores busquen otros empleos mejores pagos. La liberación de los precios también tiene este aspecto, y busca que los precios -en este caso los salarios- sean informativos acerca de que tan productivo para una sociedad es un determinado sector.

Por este motivo, empezaremos a ver cierta disociación entre el derrotero del salario real hacía dentro de los trabajadores registrados. Los privados continuarán siguiendo de cerca, con vaivenes, a la inflación gracias a que la vigencia de las paritarias seguirá siendo acotada en ausencia de una pauta salarial, máxime considerando un sector sindical que se muestra combativo ante el cambio de aire. Por su parte, los trabajadores públicos sufrirán un deterioro mayor producto del ahorro del gasto que pretenderá hacer el Gobierno en sus diferentes niveles.

Finalmente, no prevemos que haya una recuperación en los trabajadores informales. La ausencia de paritarias y una mayor cantidad de potenciales trabajadores ante la necesidad de apuntalar los ingresos familiares dará espacio para que este grupo absorba la mayor parte del ajuste salarial. En un escenario en donde la ayuda social estará condicionada con los objetivos fiscales del Gobierno, es probable que las dificultades no tarden en aparecer para esta parte de la sociedad.

Sinceramiento de precios: ¿al salario le mintieron?

A través del acortamiento de la vigencia de las paritarias, los salarios lograron seguir de cerca la inflación durante buena parte de 2023 tras los sucesivos shocks que golpearon la economía. No obstante, esto se terminó con la aceleración de la inflación en el último bimestre, que llevó a que casi la totalidad de los sindicatos que monitoreamos llegue en rojo al cierre del año.

La inflación promediará 20% mensual entre diciembre y marzo, periodo para el cual prevemos que el salario real caiga en torno a 10%. En este contexto, ¿los salarios se indexan a la creciente nominalidad o la recesión derivada de la caída del poder adquisitivo contendrá el avance de los precios?

Creemos que se dará una combinación de ambas cosas, en donde la recesión convivirá con acuerdos salariales que harán más lenta la eventual desaceleración de la inflación. Todo este proceso tendrá costos -sociales y políticos- que estos se combinarán con un latente riesgo de espiralización en tanto el oficialismo tenga dificultades en llevar a cabo su plan fiscal-monetario u obtener al menos una parte de las reformas propuestas en el DNU o la Ley “Ómnibus” enviada al Congreso.

¿Cómo terminó el poder adquisitivo en 2023?

Uno de los factores más distintivos del 2023 fue el sostenimiento del consumo privado, que estimamos creció en torno al 1%, en un año en el que la inflación superó el 200%. Resumidamente, dos factores principales explican este fenómeno: el primero es la inexistencia de un vehículo que incentive consumir menos para ahorrar -tasas de interés reales en general negativas, expectativa de inflación creciente y poco acceso a una reserva de valor, como el dólar- en un escenario en el que el nivel de ingresos reales se sostenía de la mano de una dinámica salarial que, hasta octubre, no sufrió, en general, una gran pérdida frente a la inflación.

Esto tuvo lugar a través del acortamiento de la vigencia de las paritarias y sus constantes renegociaciones, que permitieron que los salarios del sector formal sigan de cerca la creciente nominalidad tras los sucesivos shocks que elevaban los pisos de la inflación. El gobierno anterior, ávido de encontrar un andamio para la actividad en la previa electoral vio con buenos ojos este encadenamiento, al costo de imprimir una mayor inercia inflacionaria a lo largo del año.

Así, los salarios formales, con contramarchas, llegaban a octubre con relativas buenas perspectivas. Sin embargo, la aceleración de la inflación del último bimestre llevó a que casi la totalidad de los sindicatos que seguimos -muchos de los cuales se encuentran en el siguiente gráfico- llegue en rojo al cierre del año.

El cambio de gobierno no sólo implicó una fuerte devaluación del tipo de cambio. La corrección de precios relativos también incluye la “liberación” de muchos precios -eliminación de acuerdos, prepagas, combustibles, telecomunicaciones- y el aumento de tarifas de servicios públicos, de las cuales tenemos apenas novedades concretas de los primeros movimientos en el transporte público. Todo este conjunto garantiza varios meses con inflación de dos dígitos. En particular, prevemos que entre diciembre y marzo la inflación promedie 20% mensual.

En este escenario, ¿hay espacio para que vuelva la dinámica del año pasado y las paritarias sigan de cerca la inflación?

¿Estalla el verano?

Dada la inflación esperada -que como mencionamos promediará 20% mensual entre diciembre y marzo-, para que el poder adquisitivo no se erosione en los próximos meses los salarios deberán correr al mismo ritmo. Si bien las ya aceitadas paritarias jugarán su papel en los próximos meses, morigerando el deterioro del poder adquisitivo, salir “empatados” de este proceso parece difícil: solamente el salto de la inflación en diciembre dejará perdidas del orden del 10% en términos reales.

En esta situación, veamos por qué es crucial lo que suceda con los salarios. En un extremo, si los salarios se indexan de facto y logran no perderle pisada a los precios, la inercia inflacionaria no sólo no se cortaría, sino que además, estará latente el riesgo de una pronta espiralización precios-salarios. Este escenario de inestabilidad nominal primero minaría la popularidad del Gobierno -porque la inflación se estacionaría en niveles elevados, por encima del 20%- y también su credibilidad para llevar adelante un plan de estabilización exitoso, en el que eventualmente resultaría más difícil desindexar la economía.

No obstante, bajo el manto de ausencia de regulación e incumbencia del Estado, y con la premisa de que las negociaciones salariales en definitiva son acuerdos entre privados, este es un escenario que podría tener lógica económica para parte del oficialismo. De hecho, voces a favor de la dolarización lo consideran deseable porque prepararía el terreno para sostener el poder adquisitivo -y el humor social- en la transición a un futuro cambio de régimen.

Por el contrario, en el otro extremo está la recesión como contenedor de los precios. La inflación desacelerará como resultado de una demanda agregada débil, que será la consecuencia, principalmente, de un desplome del poder adquisitivo (el consumo privado explica cerca del 70% del PIB). En este sentido, cuanto mayor sea la diferencia en la velocidad a la que corren los precios respecto a los salarios, más grande será el efecto recesivo y posiblemente más rápida la desaceleración de la inflación. Además, la amenaza del desempleo y una eventual apertura comercial podrían ser ingredientes en esta dirección, ya que podrían mantener a raya las demandas de recomposición de algunos sectores.

Si bien el Gobierno podría pensar en el lado positivo de este aspecto -menor pérdida de competitividad cambiaria tras la devaluación de diciembre, pudiendo mostrar una mayor desaceleración terminando el verano-, la otra cara de la moneda será una recesión -mayor en tanto más grande sea la disparidad entre los precios y los salarios- que condicione el humor social a los pocos meses de comenzado el mandato. Por esta razón es que el (ab)uso de los salarios como ancla será un problema para el oficialismo, que ya tiene que lidiar con un tejido social muy deteriorado desde el inicio del mandato.

Consideramos que el camino a desandar contendrá elementos de cada escenario. Pese a que el Gobierno no ha esbozado una pauta salarial -lo cual tiene sentido en tanto el conjunto de medidas aisladas no constituye un programa de estabilización-, las demandas salariales no se hacen esperar: habrá una combinación de paritarias bimestrales/trimestrales que buscarán “ganarle” a los precios, con otras de ajustes mensuales -algunas virtualmente indexadas-, donde seguramente también proliferen las sumas fijas para compensar un alicaído poder de compra.

Sin embargo, todo esto no será suficiente, y el poder adquisitivo de mínima perderá un 10% de su valor durante el verano, por lo que el efecto de la recesión -y el ancla salarial- también jugará su papel en estos meses.

No conocemos cómo saldrá el experimento, pero sí sabemos que tendrá costos -sociales y políticos- y que estos se combinarán con un latente riesgo de espiralización en tanto el oficialismo tenga dificultades en llevar a cabo su plan fiscal-monetario u obtener al menos una parte de las reformas propuestas en el DNU o la Ley “Ómnibus” enviada al Congreso.

Por este motivo, la resistencia de un precio relativo a ajustarse, en este caso los salarios, será uno de los factores que complicará una rápida desaceleración de la inflación y, al mismo tiempo, el costo a pagar por el Gobierno para no profundizar la crisis -con todas las dudas que esto ocasionará sobre los pasos a seguir- y la conflictividad social.