Dólar, elecciones y después: la pelota está en el Fondo

Las devaluaciones pos-electorales son una casualidad recurrente en nuestro país. Por distintos motivos y con distintos resultados, el dólar saltó después de las cuatro elecciones que tuvieron lugar entre 2013 y 2019. Previendo este escenario, en las últimas semanas reaparecieron las tensiones. Aunque el tipo de cambio oficial siguió moviéndose lentamente en julio (subió menos de 0,7% en las primeras tres semanas), el dólar blue saltó más de 10% y la brecha pasó de la zona del 75% a la del 90%. A la vez, preocupado por estas presiones, el Banco Central endureció los controles sobre los tipos de cambio financieros a comienzos de mes, impidiendo una suba mayor.

Ahora bien, la historia no es lineal y esta vez será diferente, afirman desde el Gobierno. ¿Qué razones hay para pensar que podría serlo? ¿Por qué no, qué tienen en mente los que proyectan una devaluación? Contraponer los distintos argumentos nos permitirá entender un poco más a ambas partes y precisar el panorama, para así intentar llegar a una conclusión.

La primera variable que suele analizarse en estos casos es la competitividad. Cuando el dólar está barato, la industria tiene problemas para operar, ya que sus costos se ubican por encima de los de otros países, de modo que las importaciones se abaratan relativamente y un ajuste cambiario ayuda a nivelar las cosas. A precios de hoy, el tipo de cambio oficial estaba a 65 pesos antes de las devaluaciones de 2013, 2015 y 2017. No pareciera entonces haber razones para un salto por este lado.

Por otra parte, los movimientos cambiarios suelen acelerar la inflación, golpeando al poder adquisitivo y afectando al consumo y al nivel de actividad. Después de un arranque muy complejo en la materia, la suba de precios pareciera haber empezado a bajar en los últimos meses, acercándose a la zona del 3% mensual. En la misma línea, reapertura de paritarias mediante, los salarios formales se aprestan a tener su mejor semestre desde 2017. Esta recuperación fortalecería al nivel de actividad, que también mejoraría en los próximos meses. Un salto cambiario borraría todos estos avances, argumentando a favor de la estabilidad pos-electoral.

Las razones no son sólo de tasas: también son de niveles. Mientras que en las devaluaciones comparadas la inflación acumulaba poco menos de 30% en los últimos doce meses, en la actualidad está por encima del 50%. A la vez, los salarios formales eran un 20% más altos que en 2021, en tanto que el nivel de actividad estaba, en promedio, casi un 10% por encima de la actualidad. Otra vez, motivos para no ajustar el tipo de cambio después de noviembre.

En otro orden, sobresale que las reservas netas casi se duplicaron en el primer semestre, acercándose a los U$S 8.500 millones. Mejor aún, el ingreso de divisas que reportará la aplicación de Derechos Especiales de Giro que realizará el FMI en agosto traerá U$S 4.500 millones más, devolviendo a este stock fundamental a los niveles pre-pandemia. Sin embargo, a pesar de estos avances, esta variable sigue un 40% por debajo del promedio 2011-2019, marcando que el poder de fuego para contener al dólar es limitado. Y acá el panorama empieza a cambiar.

Entre septiembre y diciembre, hay vencimientos de capital por casi U$S 5.000 millones con el FMI, que sin un acuerdo tendrían que cancelarse con reservas. Además, es probable que el Banco Central intervenga en el mercado de cambios oficial y paralelo en los próximos meses, en pos de contener las tensiones pre-electorales, debilitando todavía más a este stock. En respuesta, esta variable terminaría el año cerca de los U$S 5.000 millones, un valor crítico.

Reforzando el argumento devaluatorio, aparece el calendario de vencimientos con el Fondo: en 2022 hay que compromisos por casi U$S 20.000 millones, es decir, más del doble de las reservas netas actuales. El acuerdo, entonces, parece inevitable. Mirando lo que pasó en 2018, podríamos pensar que el organismo multilateral exigirá menores intervenciones del Banco Central en el mercado de cambios a cambio de su firma, sinónimo de una devaluación, tal como lo hizo en 2018.

Sin embargo, en abril de 2019 el FMI flexibilizó esta postura, permitiendo algunas intervenciones. A la vez, la pandemia y el cambio de autoridades parecieran haberle hecho rever algunas posiciones al Fondo, volviéndolo un poco más pro-regulaciones. Aunque este organismo sigue siendo un enemigo del cepo y los esquemas de restricciones, es posible que exija un desarme paulatino de estos, no inmediato como hubiera demandado algún tiempo atrás. Del otro lado, los vencimientos “fuertes” con los acreedores privados recién arrancan en 2024, de modo que hay oxígeno por este lado.

La dinámica de la inflación y del nivel de actividad juegan a favor de la estabilidad cambiaria después de las elecciones. A la vez, a pesar de las subas de impuestos y aumento de la brecha de productividad de los últimos años, la competitividad tampoco exige una devaluación. Al mirar las reservas netas y los vencimientos de deuda, la situación cambia, y la demanda de dólares empieza a sobrepasar a su oferta. La pelota está en el Fondo: habrá que ver si decide salir jugando, lentamente, o la revienta para arriba.

 

La presente nota fue publicada en el diario ElDiarioAR el 25/07/2021.

Más salario, más actividad y más inflación: el nuevo equilibrio del Gobierno

Hace varios años que la economía argentina enfrenta dos grandes problemas: una actividad que no crece y una inflación que no baja. Más allá de cuáles sean las causas, por qué pasa esto y cómo podría mejorarse, estas son las formas de manifestación.

A principios de año, el Gobierno parecía enfocarse en el segundo de los desafíos. Confiado en que la demanda se recuperaría luego de un año de pandemia y esperanzado por el buen cierre del 2020, el Poder Ejecutivo priorizó desacelerar la suba de precios por sobre impulsar la recuperación de las variables reales. En este esquema se entienden el cierre de paritarias en sintonía con el 29% objetivo de inflación anual del Presupuesto y la moderación fiscal de la primera parte del año.

Sin embargo, las cosas no salieron tal como lo previsto. La inflación fue mucho mayor a la esperada, en tanto el rebote de la actividad fue revirtiéndose conforme pasaban los meses. Preocupado por esta situación, el equipo económico cambió su orden de prelación: para el segundo semestre, buscará impulsar la demanda, aun cuando esto implique convalidar una mayor inflación. Si bien este cambio podía intuirse, el giro quedó claro con el reciente impulso a la reapertura de paritarias. Con este anuncio, se explicitó el nuevo equilibrio apuntado desde el Gobierno: mayores salarios en busca de un mayor consumo, pero al costo de una mayor inflación.

Entre 2018 y 2020, el poder adquisitivo de los trabajadores registrados cayó más de 20%. En la primera mitad de 2021, esta variable habría caído otro 1,5%, acumulando 22% de retroceso en los últimos 36 meses. Considerando que 3 de cada 4 pesos que nuestro PBI se explican por el consumo, la relación entre el salario real y el nivel de actividad es fundamental. Por lo tanto, su recuperación es condición necesaria para que las ventas mejoren en la segunda parte del año, y de ahí la temprana reapertura de las negociaciones colectivas.

Además del salario, el nivel de empleo es la otra variable determinante para explicar la dinámica del consumo. En 2020, pandemia y cuarentena mediante, se destruyeron 1 de cada 10 puestos de trabajo en nuestro país. Aunque en 2021 no se recuperaría todo lo perdido, sí habría un rebote importante de este indicador, concentrado en la segunda mitad del año. Por lo tanto, la economía también tendría un impulso por esta vía.

A la vez, la actividad tendría otros tres motores adicionales. En primer lugar, el gasto público aumentaría en los próximos meses, alentado por el buen resultado del primer semestre y por las elecciones que se acercan. Por su parte, el proceso de vacunación contra el Coronavirus pareciera avanzar cada vez más rápido, permitiendo relajar las restricciones a la oferta y fortalecer la demanda. Por último, la economía brasileña está mejorando sistemáticamente sus proyecciones de crecimiento, traccionando así sus importaciones, o sea, nuestras exportaciones. Resultado de estos factores, la producción tendría una buena segunda mitad del año, y la realidad se acomodaría un poco más a lo que quiere el oficialismo.

Ahora bien, no todo será color de rosas. Si bien el dólar oficial seguiría avanzando muy lentamente en los próximos meses -al menos, hasta noviembre- y las tarifas de servicios públicos harían lo propio, la reapertura de paritarias tendrá un efecto sobre el nivel general de precios. Según el último Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central, la inflación pasaría de un promedio de 4% mensual entre enero y junio a otro de 2,8% entre julio y diciembre. En términos anualizados, esto implicaría pasar de una inflación del 60% a otra del 40%. Por lo tanto, aunque la suba de precios bajaría en el corto plazo, seguiría en niveles muy elevados, tan incompatibles con el normal funcionamiento de la economía como lejos de los objetivos oficiales.

Considerando el mal arranque del año en materia de precios, el Gobierno está intentando hacer del defecto virtud y aprovechar el envión inflacionario para reabrir paritarias y lograr que el poder adquisitivo tenga su mejor semestre desde 2017 -comparado contra el pasado reciente, no en valores absolutos donde seguirá por debajo incluso de 2019-. De esta manera, el consumo podría recuperarse y la economía real también tendría su mejor momento de los últimos años. Las elecciones traen buena suerte.

No obstante, porque es difícil cerrar una nota sobre economía argentina de manera optimista, vale decir que esta recuperación se volvería insostenible por su propio peso. Con más inflación, el atraso cambiario y tarifario, que entre otras cosas serán fundamentales para explicar la recuperación de salario real, se volverán más difíciles de sostener. En este marco, habría que corregirlos, como máximo, a comienzo del 2022 -casualmente, cuando llegará el acuerdo con el FMI-. Por lo tanto, si no hay mal que dure cien años, tampoco hay alegría que dure seis meses. Al menos por ahora.

 

La presente nota fue publicada en el diario ElDiarioAR el 11/07/2021.

Anestesia, túnel y salida, las tres etapas de 2021

Los datos carentes de contextualización pueden desorientar el pensamiento. La big data fascina y, al mismo tiempo, encandila. ¿Por qué si la economía de la Argentina tuvo un extraordinario e histórico crecimiento del 28% en abril no hay ningún tipo de algarabía en la calle? ¿Cómo se explica que en simultáneo el Índice de Confianza de los Consumidores haya estado desde hace 3 meses con valores de 34/35 puntos en la zona de mínimos históricos (2018/2019, 2014, 2001/2002)? Eso indica claramente retracción y temor a gastar. ¿La sociedad no está viendo lo que ocurre o, por el contrario, lo que sucede no llega a modificar sus percepciones? Para la subjetividad propia de la condición humana, realidad es igual a percepción.

La pregunta que hoy gana agenda es: ¿vamos bien o vamos mal? Y su correlato político: ¿de qué modo impactaría una potencial mejora del consumo, si la hubiera, en el proceso electoral?

Leer e interpretar los números de 2021 es intrincado, engorroso y hasta engañoso. Comparan contra 2020, un año en el que la pandemia más la cuarentena desarticularon por completo la vida y, por ende, “patearon el tablero” del consumo. Todas las conductas se alteraron. La economía cotidiana “enloqueció” como nunca lo había hecho antes. Ni siquiera en 2002.

No se puede entender este año sin comprender profundamente el anterior. Son indisociables. Acorde con la conceptualización de Sil Almada, la directora de Almatrends, nuestro Lab de tendencias, conforman un “unitiempo”. Es decir, un período único que se enmarca en la lógica del “hábitat viral”. En el marco de ese ecosistema se rompió la dimensión temporal. Ahora hay que analizar el devenir dentro de ese gran “todo”, donde el que pone el ritmo es el virus. En consecuencia, la dinámica de los acontecimientos es mutante, una característica saliente del ente que la rige.

Cuando el 14 de junio el gobierno inglés decidió postergar por un mes la etapa final del desconfinamiento –discotecas, recitales, grandes eventos y el fin del teletrabajo– prevista para el 21 de junio y postergada para el 19 de julio, quien fuera entonces el ministro de Salud, Matt Hancock, dijo en conferencia de prensa: “Es que eso estaba escrito en lápiz”. Cosa que nadie sabía, por supuesto. La primera lectura sería que “el lápiz”, como siempre, lo tiene el Estado. La segunda, más preocupante, pero quizá más realista, que ahora ni siquiera eso. El lápiz lo tiene el virus. En este caso, la variante delta. Potencialmente, cualquier otra. Virus es una palabra que proviene del latín, cuyo significado original lo dice todo: “veneno”.

Si el dueño del tiempo ahora es el virus, podemos organizar el año en tres grandes etapas a fin de intentar responder las preguntas que nos inquietan.

La primera etapa fue “la anestesia”. En el marco del “unitiempo”, el calendario tradicional ya no corre, por lo que definimos su extensión desde septiembre de 2020 hasta la Semana Santa de 2021. Fue en ese interregno cuando pudimos “hacernos trampa al solitario” y sanamente olvidarnos un poco de la pandemia. El clima ayudó mucho. Nos tentó para salir de “la caverna digital”. Primero temerosos y luego un poco más audaces, fuimos abriendo la puerta del “hogar búnker”. El verano tuvo un sabor “agridulce”. Mejor que el amargo invierno, lejos de las temporadas que añoramos. El riesgo estaba ahí y lo sabíamos. Decidimos convivir con él para poder vivir. Al menos de a ratos. El efecto anestesia funcionó. Haber llegado hasta ahí después de “la paliza emocional” no era poco.

Restaurantes, bares, cervecerías, gimnasios, shoppings, comercios a la calle, peluquerías, profesionales independientes, trabajadores de oficios varios, líneas aéreas y hoteles, entre tantos otros, tuvieron un respiro. Nadie podía devolverles lo perdido, pero al menos los dejaban “volver a la cancha” y “dar la pelea”.

La ilusión acordada de modo implícito por el inconsciente colectivo se diluyó el lunes 5 de abril. Desde entonces comenzó la segunda etapa. Volvieron las restricciones. Entramos al temido “túnel”. Ahí estamos hoy, caminando como podemos entre el hastío, la decepción y el pesimismo. Con idas y venidas, con cierres y aperturas. En cierto punto desconcertados, mareados, incapaces de planificar algo, sin poder imaginar el futuro. ¿Hasta qué hora se puede lo que se puede y está abierto lo que está abierto?

Las restricciones son sustantivamente menos que las del año pasado. Es obvio que los parámetros epidemiológicos se modificaron de modo abrupto. El aprendizaje del poder, la demanda social y el año electoral confluyeron y provocaron ese giro brusco.

El mundo nos muestra que un día saldremos del túnel. Basta prender la TV y ver los partidos de la Eurocopa con público o la cancha llena de Wimbledon para verificar la presunción de que el deporte de élite sin público es poco más que un videojuego y, en simultáneo, renovar la ilusión.

La tercera etapa existe. Es “la salida”. Esto ya de por sí es un dato que nutre la esperanza. ¿Cuándo llegaremos a ella? Difícil precisarlo hoy. Es de prever que, como está ocurriendo en Europa y en los Estados Unidos, eso dependa de la articulación de dos factores primordiales: el primero es el clima –variable no controlable, pero previsible– y el segundo, la vacunación –variable controlable, pero expuesta a múltiples complejidades y no tan previsible–.

Siendo así, debería suceder en algún momento entre la primavera y el verano. Lo que estamos aprendiendo en tiempo real es que eso no significa “contagios cero”, sino un virus bajo cierto control, lo que, por cierto, es diferente. El riesgo de avances y retrocesos existe. Insisto: la dinámica es mutante porque depende de un agente que muta. Al menos hasta que no esté el grueso de la población global vacunada con dos dosis y, acorde con las últimas investigaciones científicas, quizá tres.

¿Por qué el crecimiento del 28% de la economía en abril no provocó euforia? Porque compara con una caída del 26% en el mismo mes del año pasado. Y además porque la economía no crece desde enero. Conclusión: ese dato tan alentador, en la mirada y en los sentimientos de la gente, no cambió demasiado.

¿Vamos bien o vamos mal? Esa será la disputa semántica mientras transitamos el túnel y nos vamos acercando tanto a la salida como al proceso electoral. Por tomar solo un caso, la venta de autos creció en el primer semestre de 2020 un 37%. Lo que en otras circunstancias sería todo un suceso, en las actuales es apenas una mueca que simula alegría. Las concesionarias lograrían vender en todo el año unos 400.000 vehículos. Eso es más que los 343.000 del año pasado, pero menos que los 460.000 de 2019 y mucho menos que los 955.000 de 2013 o los 900.000 de 2017. Mejor no es lo mismo que bien.

En su libro Sistemas de identidad, el diseñador argentino Carlos Carpintero afirma: “No se puede hablar de comunicación sin hablar de lucha por el sentido. La comunicación tiene por norma, antes que el entendimiento y la reunión, la tensión y la paradoja. Comunicación humana es el nombre de una acción realizada por distintos protagonistas, donde no hay soberanos del sentido. Porque justamente el sentido es lo que estos actores se disputan”.

Mientras avanzan en la oscuridad, las personas estarán expuestas a una torre de Babel de la que brotará una cacofonía de discursos y discusiones, donde los datos serán leídos del derecho y del revés. Todos batallarán por el sentido procurando convencer a los ciudadanos. El modo en que lograrán modificar sus percepciones y, por ende, su “realidad” lo sabremos solo “el día de la verdad”.

Es inútil pretender extrapolar de manera lineal el pasado. Tal vez algunos patrones se repitan. Tal vez no. Esto no se parece a nada.

La presente nota fue publicada en el diario La Nación el 05/07/2021.

Dólar oficial y devaluación: estabilidad en el segundo semestre, ¿y después?

Podríamos pensar en un nuevo esquema de dólar que se abarata y que es sostenible. Sin embargo, y como siempre en la Argentina, esto no está tan claro.

En la primera mitad del año, el dólar oficial subió 14%, poco más de la mitad de una inflación que habría acumulado cerca de 25%. Por su parte, el contado con liquidación avanzó 18%, también muy por debajo de los precios. De esta forma, se observa que el peso se fortaleció en el arranque de 2021.

Esta dinámica estuvo acompañada por la compra de u$s 6.400 millones por parte del Banco Central en el mercado, que se tradujo en un salto del 60% de las Reservas netas. Como resultado, esta variable clave cerró junio en la zona de u$s 8.000 millones. Sumando que parte de la pérdida de competitividad que traen las apreciaciones cambiarias se relajó por el fortalecimiento de las monedas emergentes y la inflación de Estados Unidos, podríamos pensar que este nuevo esquema de dólar que se abarata es sostenible.

Sin embargo, y como siempre en la Argentina, esto no está tan claro. Analizar los argumentos de uno y otro lado nos permitirá proyectar qué podría pasar en el mercado cambiario en el segundo semestre, electoral, y también en el mediano plazo.

En primer lugar, vale decir que el tipo de cambio real no muestra grandes señales de atraso. Por el contrario, después de las devaluaciones de 2018 y 2019, y de un 2020 donde el dólar siguió a la inflación, no hay mayores problemas por este lado. A modo de ejemplo, el dólar está un 50% más caro que a la salida de la Convertibilidad y un 10% por encima del promedio histórico. Si bien en los últimos años aumentaron los impuestos en nuestro país y se agrandó nuestra brecha de productividad con el resto del mundo, encareciendo a nuestra producción en términos relativos, no hay razones que fuercen una corrección por este punto en el futuro inmediato.

No obstante, no es solo una cuestión de precios. Por caso, las Reservas netas se ubican 60% por debajo del promedio 2011-2019, marcando la debilidad de este stock fundamental. A la vez, vale decir que la mejora del poder de fuego del primer semestre estuvo muy vinculada a la salida de la cosecha gruesa en un contexto de precios récord de commodities, algo que no se repetirá en esta segunda parte del año por razones estacionales, y al endurecimiento del control de cambios para las importaciones de bienes, algo que tiene impacto en la inflación y el abastecimiento y que podría relajarse cerca de las elecciones -o, mejor dicho, que podría complicarse si se lograse la recuperación del nivel de actividad que tanto espera el gobierno, dado que esta demandará mayores importaciones-.

En otro orden, la prudencia fiscal del primer semestre podría romperse en los próximos meses. Entre enero y junio, la asistencia del Banco Central al Tesoro estuvo en niveles muy similares a los de 2018, a la par que estuvo por debajo de 2016 y 2017. Sin embargo, pareciera que en la segunda mitad del año esta dinámica se revertiría: votos mediante, el Palacio de Hacienda se prepara para un segundo semestre “más gastador”, a la par que los vencimientos de deuda en pesos del Tesoro tendrán un julio-agosto muy exigente. En consecuencia, la liquidez podría volver a aumentar en el corto plazo, pudiéndose ir al dólar si no encontrase un destino atractivo en pesos.

Más allá de estos argumentos, que podrían traer dolores de cabeza en las próximas semanas, el dólar oficial seguiría calmo en los próximos meses. Por un lado, porque el Banco Central elegiría vender las Reservas que acumuló en la primera mitad del año antes que devaluar en la previa electoral. Por el otro, porque la autoridad monetaria endurecería el cepo antes de ajustar al tipo de cambio por precios, tal como marcó la experiencia de 2020.

Sin embargo, en el mediano plazo esta “calma” se hundiría por su propio peso. Una pérdida de Reservas acelerada durante la segunda parte del año, más vencimientos de deuda que se disparan en 2022, impedirían estirar este esquema de dólar que se atrasa más allá del cierre de 2021. La reestructuración con el FMI llegaría en el primer trimestre del año que viene y podría traer algunos lineamientos para la política económica de mediano plazo, ¿la reestructuración con el FMI también podría traer una devaluación?.

 

La presente nota fue publicada en el diario El Cronista el 05/07/2021.

¿Cuánto resistirá la clase media argentina?

Contra todo lo que podríamos suponer, después de un año devastador –el PBI cayó 9,9% en 2020–, la clase media argentina mantuvo el mismo tamaño que tenía en 2019. A simple vista, no tiene sentido. Especialmente cuando los datos oficiales del Indec muestran que la pobreza subió en el mismo plazo del 35,5% al 42% de la población. Sin embargo, si hurgamos en la profundidad de este fenómeno podemos encontrar un motivo para la esperanza. Algo imprescindible cuando estamos, finalmente, de cara a la adversidad.

A priori, resultaba lógico que en una estructura social donde la clase media representaba el 45% de las familias del país, un golpe tan grande la dañara.

Según el análisis oficial y público realizado por Saimo (Sociedad Argentina de Investigadores de Mercado y Opinión), prestigiosa y rigurosa entidad que agrupa a todos los investigadores de mercado del país, al segundo trimestre de 2020, que fue por lejos el peor, la clase media lograba sostener el nivel de incidencia prepandemia, lo que no quiere decir que el violento cimbronazo no la haya impactado.

Claro que lo hizo, y mucho. La empobreció, le quitó capacidad de consumo, acotó sus sueños y mutiló buena parte de sus expectativas. Los mismos datos del Indec muestran que la caída del poder adquisitivo de un hogar promedio fue del 11% el año pasado, si lo medimos en pesos. Y si lo medimos en dólares blue, fue mucho peor: -43%.

Lo que ocurre es que las clases sociales en nuestro país se definen básicamente por dos variables: el empleo y la educación. El empleo obviamente se vio afectado. La tasa de desempleo creció 2 puntos: pasó del 8,9% en el cuarto trimestre de 2019 al 11% en el cuarto trimestre de 2020. Programas sociales de emergencia como el IFE y el ATP ayudaron a que la catástrofe laboral no fuera aun peor. Pero la educación del principal sostén del hogar no se pierde en un año. Por lo tanto, habría operado como factor de amortiguación.

Pirámide Social Argentina 2020

Encontramos aquí una primera explicación del extraño suceso. Podríamos decir que, a pesar de un violento deterioro en el “flujo”, la clase media logró sostenerse gracias al “stock” acumulado en años anteriores. Perdió capacidad de consumo, mantuvo su cultura. Me resulta un tanto superficial y, sobre todo, peligroso este análisis. Estaría indicando que a la economía argentina puede caerle una especie de bomba atómica y casi que “no pasa nada”. De ningún modo es así. Basta salir a la calle para observarlo.

¿Y entonces?

Clase media no hay una sola

En primer lugar, es crítico comprender que, por un lado, la clase media está muy lejos de ser una sola. En la última década la brecha entre la clase media alta y la clase media baja se venía agrandando. El año pasado, el problema se agudizó. El total se mantiene, hacia el interior crece la fragmentación y las diferencias se consolidan.

En segundo lugar, se tiende a pensar en términos casi binarios: clase media o pobreza. Y no es así. Hay algo en el medio. Ese algo es la clase baja no pobre. Segmento muy poco visibilizado y analizado. Sus valores coinciden en buena medida con los de la clase media. Si hubiera que definir ese puente en un tuit sería: “Lo que nos une es que creemos en la dignidad del trabajo como fuente de nuestro progreso”.

Es que la clase media se define a sí misma como el grupo de la población que no es ni rico ni pobre, que no tiene chofer ni seguridad privada, que puede ocuparse de los gastos de su familia, que no depende de la asistencia estatal, que grande o chico siempre anida en su ser algún proyecto a futuro y, especialmente, que tiene que trabajar para vivir. Debajo de ese paraguas conceptual se cobijan la clase media real y la clase baja no pobre, aun siendo consciente de sus restricciones económicas y su situación laboral más precaria.

Por eso el 85% de la población se autopercibe como de clase media, aunque técnicamente muchos no lo sean. Es una comunión simbólica, un imaginario compartido, más que una igualdad que pueda expresarse en la práctica.

En abril de 2012, el investigador libanés Nassim Taleb publicó Antifrágil, libro que opera como una secuela de su gran best seller El cisne negro (2007). Su tesis resulta bastante contrafáctica: plantea que en realidad las grandes crisis, los fenómenos disruptivos que alteran el orden preexistente, no solo no son malos per se, sino que para quien sabe aprovecharlos pueden ser muy útiles. Al enfrentarse a circunstancias nuevas, límite, desconocidas, los individuos y las organizaciones deben sacar lo mejor de sí para poder superarlas, y aquellos que lo logran quedan luego en un nivel superior. Por lo tanto no habría que temerle a la adversidad como una fuente potencial de fragilidad, sino desarrollar las habilidades para ser “antifrágiles”.

“Hay cosas que se benefician de las crisis; prosperan y crecen al verse expuestas a la volatilidad, al azar, al desorden y a los estresores. No existe una palabra que designe exactamente lo contrario de lo frágil. Lo llamaré antifrágil. La ‘antifragilidad’ es más que resiliencia o robustez. Esta propiedad se encuentra detrás de todo lo que ha cambiado con el tiempo: la evolución, la cultura, las ideas, los sistemas políticos, la innovación tecnológica, el éxito económico. La ‘antifragilidad’ es un antídoto para los cisnes negros, sucesos imprevistos, irregulares y a gran escala que sorprenden y perjudican a quienes no los prevén. Todo lo que salga más beneficiado que perjudicado de sucesos aleatorios (o de ciertas crisis) será ‘antifrágil’; en caso contrario, será frágil”. Así lo definió Taleb.

Detrás de los datos

De acuerdo con el índice de nivel socioeconómico que publica Saimo –diseñado en 2004 junto con la AAM y CEIM–, la clase media tiene el mismo peso en la estructura social argentina desde 2012. En el período 2012-2020, la economía cayó 13%, la inflación acumulada fue del 1438% y la pobreza pasó del 26% de la población al actual 42%. ¿Qué nos dicen estos datos?

Lo que parecerían indicarnos es que hasta ahora la clase media estaría logrando, en términos de Taleb, ser “antifrágil”. A los golpes, y casi como una herencia genética de un país de crisis cíclicas, habría desarrollado los mecanismos para procesar las inclemencias de un contexto económico cruel sin dejar en el camino su identidad.

El año pasado, esas habilidades se vieron sometidas a su prueba más extrema. Restaurantes de alta gama haciendo delivery, boliches que se transformaban en verdulerías, casas de familia que vendían artículos de limpieza, terapias por teléfono, clases de entrenamiento por Zoom, eventos infantiles en parques y plazas. La explosión del e-commerce –su facturación creció 124% en el año– demuestra cómo muchos salieron a hacer lo que fuera para poder sobrevivir. Si todos estaban en la web, se vendería entonces en la web. No más discusión. Los ahorros que hubiera, muchos o pocos, se pusieron en juego. La clase media dejó el alma para seguir trabajando, como fuera, donde fuese. Es decir, para seguir siendo.

En cambio, parecería que la virulencia de los vaivenes económicos argentinos estuviera quebrando la resistencia de una parte de esa clase baja no pobre. Allí está la movilidad social descendente que muchos intuían íbamos a ver en la clase media. En el segundo trimestre de 2016, cuando se retomó la medición del Indec, el porcentaje de hogares pobres era del 23%; hoy es del 31,6%. Si la clase media logró mantenerse igual, es evidente que el deterioro está en ese grupo que era “antifrágil”, pero que no pudo con tanto y se volvió frágil. Los que cayeron son una parte de la clase baja que estaba cerca de la pobreza, pero que hasta ahora lograba eludirla. Un mundo signado en buena parte por la informalidad y que tiene “poco resto”. Gente que no estaba acostumbrada ni quiere depender de la asistencia. Son los grandes perdedores de la última década y, sobre todo, del año pasado.

La “antifragilidad” que demostró tener la clase media en una instancia tan límite es una señal que despierta entusiasmo aun en los aciagos tiempos que vivimos. Sus valores continúan derramando sobre aquellos que no pudieron y se volvieron frágiles. Sueñan con volver allí. Esa vocación por encontrarle la vuelta de alguna manera, ese espíritu emprendedor, esa convicción por salir adelante como sea es probablemente la reserva más valiosa que atesora esta vapuleada sociedad.

En los meses por venir volverá a ser puesta a prueba. Cargando en sus espaldas el costo de 2020, quizá sea ahora aún más difícil. Una vez más, la pregunta es: ¿qué tan “antifrágil” será la clase media argentina? De su respuesta depende en buena parte nuestro futuro.

 

La presente nota fue publicada en el diario La Nación el 26/04/2021.

Reflexión y acción antes de que sea tarde (otra vez)

Precios que arden

Si bien el dato de inflación de marzo fue preocupante, solo con la inflación acumulada a febrero igualábamos la suma de las inflaciones anuales de Colombia y Perú del 2020. Con el dato del tercer trimestre, acumulamos más inflación que la suma de las de estas dos economías más las del año pasado de Bolivia, Chile y Brasil. Mientras tanto, en solo un trimestre nos consumimos más de dos quintas partes del objetivo oficial de inflación previsto para el 2021. El 29% pautado en el Presupuesto se desdibuja a pasos agigantados.

Esta patología históricamente irresuelta (transversal a cada gobierno de turno, salvo por el impasse de la convertibilidad) derrite mes a mes el ya colapsado poder adquisitivo argentino. Entonces, ¿qué puede hacer el Gobierno para comenzar a resolver el problema inflacionario?

Atacar el problema

El reconocimiento por parte de las autoridades de que la inflación es un fenómeno multicausal es un gran avance (al menos en los dichos). Esto no implica que la célebre, aunque tautológica, frase de Friedman no tenga muchas certezas: la emisión sí genera inflación. Obviarlo sería una necedad, aunque atribuirle el 100% de causalidad seguramente sería un análisis incompleto. ¿Es la emisión la causa última de la inflación? No es el objetivo de esta nota responderlo, aunque sí sabemos que la emisión en Argentina es la consecuencia de un Sector Público que cubre su exceso de gasto recurriendo a la monetización del déficit, lo cual nos lleva a la importancia del ahorro fiscal.

El ahorro fiscal per se no tiene por qué ser un objetivo de política económica. Ahora bien, experiencias recientes argentinas deberían llamar a la reflexión a todo el arco político.

La experiencia del gobierno anterior de recurrir al endeudamiento sin una corrección genuina y perdurable del déficit fiscal es simplemente patear el problema para más adelante. El año pasado, un shock imprevisible nos encontró con el mercado de deuda cerrado. Sin voluntad de reducir la presión impositiva, para sostener la demanda agregada con políticas fiscales expansivas (como en todas las economías del mundo) la única vía de financiamiento restante fue la financiación monetaria de éstas (a diferencia del resto del mundo). La aceleración inflacionaria de estos últimos meses es consecuencia (al menos en parte) de la gran expansión monetaria del año pasado, con sus rezagos. Por los motivos mencionados, una vez que la política mire más allá de la próxima elección, el ahorro (o al menos equilibrio) fiscal debe ser un primer paso.

El problema actual es la coyuntura: estamos sumergidos en lo profundo del ciclo económico con la mayor crisis mundial desde el crac del 29. Una contracción fiscal sería contraproducente en el cortísimo plazo, como también inviable por la dinámica electoral. Por ello, acertadamente, se recurre a la reconstrucción del mercado de deuda en pesos para financiar más de la mitad del desequilibrio fiscal proyectado. Sin embargo, esto solo es posible ofreciendo tasas de interés reales positivas. Chocamos nuevamente contra la coyuntura: tasas reales positivas raspan la actividad económica y elevan el déficit financiero. Sin corregir el déficit primario, se recurrirá a una mayor monetización para cubrir los intereses. Volvimos al punto de inicio.

Además, por el maltrato histórico que recibió nuestra “moneda” (¿acaso podemos llamar moneda al peso?) para fomentar el ahorro en moneda local deben ofrecerse tasas reales doblemente positivas, ya que deben ganarle tanto a la inflación como a la depreciación del tipo de cambio. Nos chocamos con dos paredes: la coyuntura y la restricción externa.

Dejando de lado la inefectiva política de controles de precios y el atraso tarifario (que representa un mayor costo fiscal hoy y una mayor presión inflacionaria futura), la gran ancla de precios del 2021 parece que será el atraso del tipo de cambio oficial. Si con estos niveles de inflación el gobierno pisa el tipo de cambio, volveremos a un mini-ciclo de apreciación real con una mejora (no genuina) del salario real que se destinará en parte al consumo y en parte a la demanda de dólares. A pesar de un ingreso de divisas mayor a lo esperado (por el boom de los precios de los commodities y por el potencial ingreso dólares vía Derechos Especiales de Giro), la coyuntura se topará con la restricción externa que sigue latente debido al históricamente bajo nivel de las reservas netas del Central.

Pasado el flujo positivo estacionalmente alto de divisas, se presentará nuevamente la clásica disyuntiva argentina: comprimir más las importaciones y poner en jaque cualquier recuperación económica, o devaluar para corregir el atraso cambiario que surgiría de cumplirse la meta oficial de devaluación. Un tipo de cambio que no pierda contra la inflación puede atentar contra la desinflación en el corto plazo pero es necesario a mediano plazo.

Pasada la emergencia sanitaria: estabilizar para volver a crecer

Si bien es un cliché, se necesita un shock de expectativas. Una mayor demora del acuerdo con el FMI, un Ministerio de Economía dividido en distintas autoridades con diferentes concepciones respecto al problema inflacionario y un arco político guiado por una dinámica electoral miope y cortoplacista es todo lo contrario a lo que necesita el país en este momento. En Argentina, la política económica es más política que económica y el primer paso lo tienen los políticos.

Es necesario un consenso de todo el arco político respecto al problema inflacionario que sea perdurable en el tiempo más allá del gobierno de turno. Ningún modelo económico (independientemente de su orientación) es viable con estos niveles de inflación. Ningún proceso de reducción de la pobreza ni de mejor distribución del ingreso es posible si arrastramos más de una década de elevada inflación. Pasada la emergencia sanitaria, para escapar de la coyuntura y empezar a hablar sobre recuperación y crecimiento económico, Argentina necesitará un plan de estabilización consensuado por todo el arco político cuyo principal objetivo sea la reducción de la inflación.

Nueva cuarentena, mismas proyecciones

La segunda ola de Coronavirus llegó con fuerza, y el gobierno endureció las restricciones sanitarias. Considerando que “hoy la economía no podría soportar una cuarentena estricta como la de 2020”, tal como afirmó el ministro Martín Guzmán hace dos semanas, las nuevas limitaciones intentaron no golpear demasiado a la producción de bienes y servicios. En este sentido, las medidas anunciadas ayer no alteran nuestras principales proyecciones.

Por lo tanto, mantenemos un crecimiento de 6% del PBI en 2021, en tanto ya contemplábamos algunas restricciones en el marco de la segunda ola. Aun cuando el número pareciera reflejar a priori un avance importante, solo se recuperaría poco más de la mitad de lo perdido en 2020. Más aún, dado que una parte no menor del retroceso que provocaron la pandemia y la cuarentena ya se había recuperado al cierre del año pasado (diciembre 2020 se ubicó solo 3% por debajo de diciembre 2019), la mejora de la actividad a lo largo de este año será prácticamente imperceptible.

Por caso, si el nivel de actividad de enero se mantuviera constante durante todo el 2021, la economía crecería 8% en el promedio anual. Sin embargo, esta variable se contraerá en los próximos meses, de modo que la recuperación sería menor. Concretamente, el nivel de actividad de diciembre 2021 sería solo 0,6% mayor al de diciembre 2020.

El gobierno ya anunció un bono de ARS 15.000 para todos los perceptores de la Asignación Universal por Hijo y monotributistas de las dos categorías más bajas, alcanzando alrededor de dos millones de personas en total. Según nuestros cálculos, el costo directo de esta medida rondaría los ARS 40.000 millones, equivalente a 0,1% del PBI. En orden de magnitud, el año pasado, IFE y ATP mediante, el gasto extra llegó a 2,5% del PBI. De esta manera, se comprende que el bono anunciado no cambiará la salud de las cuentas públicas. Más aún, si bien la caída de la actividad afectará la recaudación, por ahora la meta de déficit primario (-4,5% del PBI) se lograría sin mayores contratiempos.

En este contexto, también mantenemos nuestras proyecciones de inflación. Si bien el año arrancó muy complicado en este frente (+12% en el primer trimestre, lo que representa un valor anualizado de 60%), esta variable se desaceleraría en los próximos meses. Un dólar oficial que entró en modo electoral y redujo su tasa de depreciación, tarifas de servicios públicos sin grandes actualizaciones y negociaciones salariales que no traerán recuperaciones significativas del poder adquisitivo moderarían la suba de precios. Ahora bien, de ninguna manera se alcanzará el 29% de meta oficial: la inflación se acelerará en relación con 2020, acumulando más de 40% en el año.

Por último, vale destacar que ratificamos nuestra proyección de un dólar oficial en torno a 112 pesos para fin de año. No obstante, no descartamos un endurecimiento del cepo si la demanda de divisas se incrementa: las Reservas netas continúan en niveles muy bajos (USD 5.000 millones, marcando una caída mayor al 50% desde el comienzo de la pandemia), y el Banco Central seguiría restringiendo cantidades en lugar de ajustar por precios.

En síntesis, los anuncios de ayer están en línea con nuestras proyecciones. El cambio en las mismas estará asociado a una prolongación y profundización de las restricciones, que terminen por afectar sensiblemente el entramado productivo, el consumo y la inversión. Si ese escenario sucediera, la recaudación sufrirá, la ayuda estatal agrandará el déficit fiscal y, como consecuencia, la emisión presionará sobre el tipo de cambio y la inflación. Lamentablemente, con las medidas anunciadas ayer, estamos un paso más cerca de esa configuración de escenario pesimista. Esperemos se frene a tiempo.

Empieza el año real, con una mamushka de incertidumbres

Si bien el calendario indica que sucede el 1° de enero, en la Argentina la evidencia empírica demuestra que, salvo excepciones, “el año real” comienza después de Semana Santa. La tradicional celebración religiosa oficia como el último respiro, para algunos espiritual, para otros recreativo o turístico, antes de quedar cara a cara con la realidad. Este año el efecto promete potenciarse. El próximo lunes 5 de abril no quedará más remedio que juntar fuerzas, temple y coraje para adentrarse en la frondosa niebla.

En el último relevamiento cualitativo que hicimos en Consultora W para medir el humor social de los argentinos nos encontramos con una figura que opera como una extraña y novedosa síntesis conceptual del sentir colectivo: “la mamushka de incertidumbres”. Una incertidumbre contiene otra incertidumbre, que a la vez tiene otra incertidumbre adentro y así hasta cubrir prácticamente todos los aspectos relevantes para la sociedad.

La pandemia, las vacunas, la temida nueva cuarentena –que podría ocurrir o no, pero solo que exista la posibilidad, sumado al traumático recuerdo del año pasado, es más que suficiente–, la salud, el trabajo, la escuela, los precios, el consumo, la calidad de vida, las tensiones emocionales, los padecimientos físicos, la inseguridad, las disputas políticas, las elecciones, el presente, el futuro.

La reciente medición cuantitativa del Observatorio de Psicología Social de la UBA –3078 entrevistas a nivel nacional, del 3 al 10 de marzo– convalida nuestros registros. Al pedirle a la gente que definiera con una palabra lo que les dejó 2020, por abrumadora mayoría la dominante fue incertidumbre. Luego tristeza, miedo, angustia, soledad, pérdida, desastre, terror. La única positiva, aprendizaje.

Comparando con la prepandemia, el 41% dijo que sus relaciones en el ámbito laboral están peor, el 30% señaló lo mismo en la relación con sus amigos y el 26% afirma que empeoró la situación con su pareja. Entre los jóvenes se dio el peor indicador: el 47% ve un deterioro en las relaciones con su ámbito de estudios. Los vínculos sociales se deterioraron, los lazos están más débiles.

Al indagar cuáles son las tres palabras que mejor describen su sentimiento actual, una vez más domina incertidumbre: 42% de los entrevistados la mencionan. Cansancio, reflexión y agotamiento, cada una, 26%. Paciencia, 23%. Angustia, temor al futuro y bronca, 19% en los tres casos.

Fragilidad emocional

Como se puede apreciar, el capital emocional con el que la sociedad ingresa al año real es de una fragilidad extrema. Los argentinos tenemos la piel curtida. Estamos acostumbrados al vértigo y a los cambios repentinos. Sabemos girar en el aire. Esta vez es diferente. Tantas variables con una dinámica prácticamente aleatoria en simultáneo “es un montón”, como dirían los centennials.

Nos autopercibimos arriba de un trompo que da vueltas con velocidad creciente y que puede terminar en cualquier parte. Es lógico que estemos mareados, descolocados, desconcertados. La toma de decisiones se dificulta. Tanto en lo trascendental como en lo nimio. El día a día está “trabado” y resulta engorroso lograr que las cosas sucedan.

Concluido “el veranito” del verano, los gestos se vuelven más adustos. Por una cosa o por la otra, “todos” están incómodos. La calle “raspa”. En términos del lenguaje popular, “la mecha está corta”.

El mundo es una gran mamushka adicional. Allí conviven la esperanza, el agobio y la tragedia. El premier británico, Boris Johnson, anunció el 22 de febrero un plan de reapertura en etapas que concluirá el 21 de junio abriendo desde entonces todo “para siempre”. Los británicos esperan con ansias el 12 de abril: ese día vuelve la vida a la calle. Reabren los pubs, los restaurantes y el resto de los comercios no esenciales. El plan es creíble. Gran Bretaña ya vacunó con al menos una dosis al 43% de su población. Es decir, más de 28 millones de personas.

El nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, anunció que el próximo 4 de julio, cuando se celebre el Día de la Independencia de su país, no será un aniversario más. Le prometió a su población que esta vez quedarán libres del virus y podrán regresar a una vida relativamente normal. También es verosímil. A una velocidad récord, ya les aplicaron al menos una dosis de la vacuna a 84 millones de personas, el 25% de la población.

Y sin lugar a dudas “el caso” de donde brota la esperanza global es Israel. Lidera el ranking mundial de eficiencia en la inmunización. El 60% de la población ya recibió una dosis por lo menos y el 53%, ambas. Tanto los contagios como los fallecimientos se redujeron drásticamente. Las vacunas funcionan.

La otra cara de la moneda es la Unión Europea. Allí los niveles de vacunación son mucho más bajos y la pandemia sigue teniendo altísimos niveles de complejidad. Tanto Italia como España, Francia e incluso Alemania todavía no llegaron a vacunar al 10% de su población. Todos sufren fuertes restricciones desde hace meses. Tuvieron segunda ola y segunda cuarentena.

Las ventas de los comercios que crecieron prácticamente durante todo el año pasado en Alemania, con una gran gestión de la primera ola, y que concluyeron el fatídico 2020 con un +4%, en enero cayeron un 9% (último dato oficial disponible). Si los que venden no pueden abrir y los que compran no pueden salir, es muy difícil que el resultado sea bueno. Ese mismo mes las ventas cayeron en Italia el 7%, en España el 9,5% y en Francia 4,5%. La cercanía afectiva hace que sean países a los que los argentinos miran mucho. La mamushka global de incertidumbre incrementa la ansiedad: casi “no hay escape”.

Fenómeno global

En un artículo que publicó el 21 de marzo en el diario El País de España, el filósofo coreano Byun Chul Han plantea que así como la pandemia aceleró tendencias que ya existían en la tecnología, como el comercio electrónico, el home office y las videoconferencias, hizo lo mismo con los trastornos sociales. “El SARS -CoV-2 es un espejo que refleja las crisis de nuestra sociedad. Hace que resalten aun con más fuerza los síntomas de las enfermedades que ya se padecían antes de la pandemia. Uno de estos síntomas es el cansancio. De un modo u otro, todos nos sentimos hoy muy fatigados y extenuados. Se trata de un cansancio fundamental, que permanentemente y en todas partes acompaña nuestra vida como si fuera nuestra propia sombra. Durante la pandemia nos sentimos incluso más agotados que de costumbre. Hasta la inactividad a la que fuerza el confinamiento nos fatiga”.

El fenómeno de una sociedad agotada, como todo lo que se vincula con la pandemia, es global y sincrónico. Para comprenderlo en toda su dimensión es un error abordarlo de un modo parcial. El único eje ordenador posible es partir de la condición humana. Porque es justamente lo humano aquello que está amenazado. Peligran tanto la vida en sí misma como el estilo de vida que teníamos, disfrutábamos y queríamos. Abruman los pesares, desapareció la alegría. Es lógico entonces que estemos “a flor de piel”.

En la Argentina, las dificultades extras, tanto estructurales como coyunturales, hacen las cosas aún más difíciles. Ahora que comienza el año real habrá que calibrar muy bien la toma de decisiones. Tanto las políticas como las económicas, así como las empresariales y comunicacionales, requerirán mucha precisión.

Estamos patinando sobre hielo. Delgado y quebradizo.

La presente nota fue publicada en el diario La Nación el 28/3/2021. 

VIDEO | Atraso para revertir el vacunagate

Tras el escándalo, el gobierno necesita más que nunca una buena performance económica. Para ello apelará al atraso cambiario, lo cual requiere: un elevado influjo de agrodivisas; hacer roll-over de vencimientos con el FMI y Club de Paris; y que no haya que introducir nuevas restricciones/cuarentena.

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¿Por qué necesita Argentina un acuerdo con el FMI?

Desde que asumió Alberto Fernández, uno de los ejes de su gestión fue el reordenamiento de la deuda pública argentina. Dentro de ese marco, pausó inmediatamente el acuerdo con el FMI firmado por Macri y resignó los desembolsos pendientes del stand-by. Sin embargo, desde hace algunos meses el Presidente y su equipo económico retomaron las conversaciones con el organismo con la intención de cerrar un nuevo acuerdo. Según afirman los funcionarios involucrados, la intención del Gobierno sería firmar un nuevo pacto, bajo la forma de un Extended Fund Facilities, antes de mayo. Pero ¿por qué necesita Argentina un acuerdo con el Fondo?

La respuesta es muy simple: Argentina necesita un acuerdo para postergar los pagos vigentes en el cronograma actual. A lo largo de los 60 años de historia entre nuestro país y el FMI, este organismo prestó divisas para que Argentina se sobrepusiera a crisis de balanza de pagos a cambio de imponer condiciones a la política económica. Aunque los programas de medidas del Fondo fueron en más de una ocasión dañinos para la economía doméstica, el dinero siempre fue devuelto. El más reciente de estos programas, solicitado cuando el financiamiento voluntario se esfumó a mediados de 2018, no fue diferente. Las pautas que estableció aceleraron la contracción del déficit fiscal, profundizando la crisis desatada por el salto en el tipo de cambio. A pesar de esto, como marca la historia, Argentina deberá honrar sus deudas.

El obstáculo para hacerlo es el muy acotado margen de reservas netas con el que cuenta hoy en día el Banco Central. Los dólares que tiene la autoridad monetaria (descontando aquellos que son encajes de los ahorristas y otras deudas con poca disponibilidad de uso) comenzaron el año levemente por debajo de los u$s5.000 millones. Aunque los vencimientos de bonos de la deuda pública en moneda dura apenas rondan los u$s200 millones este año, los pagos al FMI, el Club de París y otros organismos como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo alcanzan los u$s10.000 millones. Además, a pesar de los estrictos controles de cambios, la compra de divisas por parte del sector privado podría ubicarse en niveles similares al 2020 (cuando los particulares utilizaron u$s3.000 millones de las reservas). Por último, el déficit de servicios insumiría, con la reactivación del turismo, por lo menos otros u$s2.000 millones. Así, con un superávit comercial que rondará los u$s13.000 millones de dólares y cumpliendo con todos los compromisos, las reservas netas concluirían el año apenas por encima de los u$s2.000 millones, un 94% menos que cuando comenzó la corrida de abril de 2018. Si consideramos también los pagos de deuda de YPF, de privados y de las Provincias, nuestro país insumiría prácticamente todas las divisas de las que dispone.

Así las cosas, no podrían enfrentarse los abultados pagos al Fondo programados para 2022. En cambio, si se lograra un acuerdo temprano, podrían prorrogarse los vencimientos, pateando cerca de u$s4.000 millones este año y despejando los pagos de 2022 y 2023 (cuando debe devolverse casi la totalidad del préstamo). También, con el aval del Organismo que es nuestro principal acreedor, podrían encararse las negociaciones con el Club de París. De esta forma, alcanzar un acuerdo permitiría administrar más holgadamente las divisas y reducir nuestra dependencia de factores que no manejamos, tal como los precios internacionales y la recuperación de la actividad en Brasil.

¿Implica la necesidad de acordar que se debe firmar rápido, aceptando cualquier condicionalidad? No. Argentina debe encontrar un programa económico acorde a sus necesidades, que le permita crecer sostenidamente luego de una década de estancamiento. Pero difícilmente esto se logre sin frenar la sangría de reservas netas.

En definitiva, es importante que nuestro país alcance un acuerdo que le permita aliviar el cronograma de pagos sin someter a condiciones demasiado exigentes la política económica. Un logro para nada fácil. Hasta que el financiamiento llegue (sea bajo la forma de nuevos desembolsos o como alivios de pagos), el equilibrio entre la entrada y salida de dólares será muy endeble. Mientras tanto, una administración cambiaria prudente (no abaratando en demasía los dólares ni permitiendo que su precio suba sistemáticamente por encima de los instrumentos de ahorro en pesos) será clave para evitar la próxima crisis cambiaria.

Por Joaquín Waldman, analista de Ecolatina

Esta nota salió publicada en Ámbito el 12/02/2021